Portada Noticias «Fui a lugares muy lejanos, muy distintos y muy especiales. Pero el viaje más largo ha sido dentro de mí mismo»
«Fui a lugares muy lejanos, muy distintos y muy especiales. Pero el viaje más largo ha sido dentro de mí mismo»
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25.05.14 - MIGUEL ÁNGEL RUIZ
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Sebastião Salgado, ayer, en Fotogenio. FOTO: MARCIAL GUILLÉN / EFE

El prestigioso fotoperiodista brasileño Sebastião Salgado comparte en Fotogenio (Mazarrón) la aventura de su proyecto ‘Génesis’

Sus ojos azules retratan al hombre y la naturaleza en blanco y negro. Marca de la casa de uno de los fotógrafos más influyentes del mundo, y el objetivo por el que nos hemos asomado, conmovidos y asombrados, a realidades tan impactantes como las penurias de los ‘garimpeiros’ en las minas de Sierra Pelada y las grandes migraciones humanas. Sebastião Salgado (Aimorés, Minas Gerais, Brasil, 1944) participa este fin de semana en Fotogenio, el gran certamen nacional para aficionados a la fotografía que cumple ocho ediciones organizado por el Ayuntamiento de Mazarrón, bajo la dirección de Juan Sánchez Calventus, y por el que ya han pasado otros importantes autores como Cristina García Rodero y Steve McCurry.

El fotógrafo brasileño, Príncipe de Asturias de las Artes en 1998, dio ayer un repaso a su carrera y compartió las experiencias acumuladas durante su último proyecto, ‘Génesis’, un viaje de ocho años por rincones virginales del planeta en el que ha volcado su vocación medioambiental y cuyo resultado gráfico –250 imágenes que deslumbran, interesan y preocupan– se ha expuesto en CaixaForum Madrid hasta el día 4 de este mismo mes.

Recién llegado a Mazarrón desde Indonesia, con escala en París, recibe a ‘La Verdad’ fatigado por la diferencia horaria –«para mí son las diez de la noche», informa a las cinco y media de la tarde del viernes, deslumbrado por el sol– pero encantado de conversar sobre un viaje que, admitirá después, le llevó sobre todo muy dentro de sí mismo. Cuando pone el pie dentro de la nave de la empresa agrícola Paloma que alberga Fotogenio, y pese a que camufla su inconfundible cráneo pelado con una gorra, decenas de cámaras comienzan a disparar al paso del maestro de la fotografía social, que transporta un pequeño equipo en una mochila de la que cuelga un colmillo, quizá de un jaguar. 

–Hay una fotografía suya en la que un pingüino se lanza al mar mientras que sus diez compañeros, en fila, parecen desconfiar. Podríamos sustituir a las aves por personas y la foto nos diría lo mismo...

–Sabe, es que yo he descubierto algo para mí muy interesante, y es que no hay mucha diferencia entre fotografiar a un ser humano y otros animales. Sus comportamientos, sistemas de vida e incluso personalidades son muy fuertes. Es cierto: si en ese lugar hubiera seres humanos sería la misma cosa. Cuando comencé a hacer las fotografías de ‘Génesis’, un amigo que es mi agente en Londres me decía: «Estás asumiendo un riesgo muy grande en tu vida, que es el de abandonar la fotografía humana y social para hacer fotografías de animales o paisajes». Pero me da igual porque he descubierto que no hay diferencia alguna entre fotografiar un árbol, un animal o los aspectos minerales del planeta que a nosotros. 

–Ha viajado por todo el mundo buscando entornos primitivos; ¿qué lugares le han sorprendido más?

–He experimentado algunas historias que han sido muy especiales para mí, como por ejemplo un viaje por el norte de Siberia con los inuits acompañando a un grupo de 7.000 renos hasta el Círculo Polar Ártico, con temperaturas de entre -30º y -45º. Eso fue muy especial porque ese frío para un brasileño... Fue curioso convivir con un pueblo que no se lava nunca porque no existe el agua, solo la nieve y el hielo: había que romper un pedazo de hielo, meterlo en una cacerola y calentarlo para hacer un té o una comida, pero no hay suficiente para limpiar o lavarse. Eso es vivir en condiciones extremas, con lo mínimo. También hice un recorrido por el norte de Etiopía, de unos 850 kilómetros a pie, por las montañas porque no hay carreteras, en el viaje quizá más fascinante que he hecho en toda mi vida. Con el proyecto ‘Génesis’ he fotografiado las zonas más prístinas del planeta, que siguen puras porque son de muy difícil acceso para el gran depredador.

–Que somos...

– ...nosotros, claro. Hoy [por el viernes], viniendo hacia Mazarrón desde París iba mirando el paisaje desde el avión y veía los lugares donde el hombre ha estado presente: todo ha sido modificado por la agricultura, los bosques han sido destruidos, se han construido carreteras, grandes plataformas... todo ha sido tocado. Y especialmente en el Mediterráneo, por ser el mar más utilizado. Pero hay lugares en este planeta que siguen intocados porque son muy cálidos o muy fríos,  o muy secos, o están a mucha altitud.

–¿Se hubiera quedado en alguno de esos lugares?

–Sí.

–¿Dónde?

–Con los inuits en el norte de Siberia: me fui a trabajar allí y cuando terminé sentí que salió mi cuerpo pero mi cabeza, mi mentalidad y mi espíritu quedó allí. Tenía mucho miedo cuando fui pero después me quedé con unas ganas locas de haber continuado con ellos seis meses o un año más. También he conocido tribus en la Amazonia que viven en un verdadero paraíso; yo habría vivido allí toda mi vida, ¿me entiende? Porque allí hay una verdadera materialización del paraíso.

–¿Cambia su mirada de fotógrafo cuando se integra tan íntimamente en el paisaje?

–Sí, pero, ¿sabe?, para hacer cualquier fotografía es necesario un ejercicio de integración. También en el caso de mis trabajos sobre grupos y actividades humanas. Tienes que quedarte. Yo a mis fotografías les he dedicado mucho tiempo de mi vida. Hay una forma de vivir que ya hemos olvidado porque los medios modernos de transporte son muy rápidos y directos. Verá: yo nací en una hacienda y, siendo niño, cuando llevábamos el ganado al matadero tardábamos 45 días a caballo. El viaje de vuelta era de 20 o 25 días... Por eso creo que hay un tiempo de mirar, un tiempo de ver, un tiempo de aprender las cosas. Y ese es el tiempo del tipo de fotografía que yo hago.

–¿Le ha cambiado este largo viaje por el mundo? ¿Qué ha descubierto de sí mismo?

–Viajé mucho, fui a lugares muy lejanos, muy distintos y muy especiales, pero el viaje más largo que he hecho ha sido dentro de mí mismo. He tenido la oportunidad de aprender, de mirar, de situarme otra vez delante de mi planeta, de encontrarme a mí mismo como un pedazo de mi planeta, siendo yo mismo naturaleza. También he descubierto que me habían contado una enorme mentira, eso de que yo formaba parte de la única especie racional del mundo. Y eso no es cierto: todas las especies sin excepción son profundamente racionales. 

–¿Somos los seres humanos diferentes en estos lugares no contaminados aún por las prisas y el cemento?

–No, somos iguales. El ser humano es el mismo. En mis viajes he descubierto tribus, grupos humanos, que viven igual que hace 10.000 años y que son como nosotros. Lo que nos resulta esencial hoy ya era esencial en esa época. Me refiero a los valores verdaderos para nuestra especie: el amor, la solidaridad, la idea de comunidad, todo lo relacionado con la célula familiar. Si volvemos a las cosas que son esenciales, como las enfermedades, pues ya teníamos los medicamentos, como antibióticos y antiinflamatorios. Ya contábamos con las leyes básicas de comportamiento. Después solo hemos transformado todo eso en fórmulas y ecuaciones para hacer la multiplicación de las cosas. 

–Sus fotografías retratan con una gran dignidad a personas en situaciones difíciles o incluso miserables. ¿Cómo cree que nos ven a nosotros, el supuesto mundo civilizado?

–El mundo civilizado, o supuesto mundo desarrollado, es muy pequeñito. No es la generalidad sino la excepción, pese a que tenga el dominio informativo o sea muy rico. Esas fotografías que yo he hecho de inmigrantes y trabajadores, gentes en condiciones sociales difíciles, representan a la gran mayoría de la población del planeta. Los trabajadores bien protegidos por los países desarrollados son la excepción dentro de un sistema planetario de producción. Se tiene la tendencia de considerar lo que yo he hecho como una excepción, pero la excepción es la mirada de acá.

–En ‘Éxodos’ documentó las grandes migraciones humanas. ¿Qué le sugiere el intento desesperado por acceder a un mundo más próspero, como ha ocurrido recientemente en Ceuta?

–También es una excepción porque los grandes movimientos de población no se dirigen hacia la frontera de los países ricos, sino que se realizan en el interior de los propios territorios. Hay una media de 200 millones de personas que abandonan cada año el campo para vivir en la ciudad. En Brasil, mi país, cuando yo era niño había un 92% de población rural y ahora tiene un 92% de población urbana. Esto ha pasado principalmente en los últimos cuarenta años. También ocurre con China e India, que ya están casi en un 50% entre habitantes del campo y la ciudad después del desplazamiento de grandes masas al interior. Lo que llega a España, porque es un país importante, son poblaciones pequeñitas, no es nada. Pero como el dinero y el sistema informativo está aquí, entonces tenemos la impresión de que sucede algo muy brutal. Y lo que está llegando, en cierta forma, es una ayuda para el desarrollo porque la población tiene aquí una tasa de crecimiento muy pequeña. Hay una necesidad muy grande de mano de obra, y éstos que pasan el Estrecho, ésos que llegan a Italia, son los mejores de sus países, los que han aceptado un desafío muy grande para venir a buscar un trabajo, defendiendo su dignidad, y vienen a dar mucho más que a recibir. Porque sus salarios serán además muy reducidos. Por eso pienso que hacen una altísima contribución a nuestra sociedad y no puedo entender la xenofobia. En su región, si no fuera por la mano de obra inmigrante, el desarrollo de la agricultura no sería el mismo.

Afrancesado y ciudadano global –vive entre París y su país natal–, Salgado renunció a una prometedora carrera como economista para viajar por el mundo sin prisa documentando su belleza y su crueldad con una mirada comprometida –colabora con organismos internacionales como UNICEF, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la Organización Mundial de la Salud (OMS), Médicos Sin Fronteras y Amnistía Internacional–. Hace 15 años fundó el Instituto Terra con su esposa, Lélia Wanik –su editora y apoyo en sus grandes aventuras editoriales–, una fundación dedicada a la conservación, la reforestación y la educación ambiental.

–De fotógrafo a defensor del medio ambiente: ¿qué ha visto a lo largo de su carrera para convertirse en un activista de la ecología?

–Oiga, yo nací y crecí en el campo, en el borde de un gran bosque tropical que he visto desaparecer, algo a lo que he contribuido indirectamente. Después de todos estos viajes a lo largo de los años he podido comprobar que en todo el planeta está ocurriendo lo mismo que en mi Brasil natal. Así que tengo una gran preocupación por la sostenibilidad del planeta, de las generaciones futuras, de los seres humanos. Lo estamos sometiendo a una explotación extrema. Mi preocupación ahora es proteger la naturaleza, aunque sea por egoísmo, para que podamos seguir viviendo junto a ella.

–¿Es entonces ‘Génesis’ una advertencia de que nos estamos autodestruyendo?

–No; ‘Génesis’ es, primero, un viaje que he hecho no como periodista, ni como militante ecologista ni como antropólogo. Siempre he visto cosas que me han desagradado y ahora simplemente he tenido la curiosidad de ir a ver los lugares del planeta que se conservan igual que cuando vivíamos en perfecto equilibrio con la naturaleza. ‘Génesis’ ha sido eso, y también una forma de que las personas que no han podido estar en esos lugares los conozcan a través de mis fotografías.

–Usted recuerda que el 46% del planeta aún está intacto; ¿es una buena o una mala noticia?

–Es una mala noticia porque deberíamos tener algo más. Hemos destruído mucho, y la mayor parte en los últimos setenta años. Hay una dinámica de destrucción con total vigor y actividad, así que ahora mismo el porcentaje será inferior a ese 46%, que además no es lo más valioso del planeta; la parte de biodiversidad más importante del planeta está prácticamente extinguida. Las áreas intactas son importantes para capturar CO2 y mantener el sistema acuático del planeta, pero se conservan así porque son las zonas heladas de la Tierra. Escuche: en el inicio del siglo XX había más de 300.000 ballenas francas australes y hoy quedan menos de 3.000. [Mira por la ventana] Hace cientos de años seguro que todo eso estaba cubierto de árboles y ahora ya no queda nada.

–El espectacular coletazo de una ballena, un gorila que mira fijamente a la cámara... ¿hay algo más bello y sorprendente que la propia naturaleza?

–La naturaleza somos todos, aunque a veces lo olvidamos. Los de Madrid viven en Madrid pero no viven ni en los ríos, ni en los bosques, ni en las montañas de España: viven en una isla, igual que Barcelona o Río de Janeiro son otras islas. Ya somos una naturaleza muy deformada. Como estamos en ese punto, si queremos sobrevivir como especie tendremos que volver hacia nuestra verdad profunda y mayor: la naturaleza. Nos estamos transformando en aliens.

–Usted dice: «Que la gente se identifique con la naturaleza y que piense que también es naturaleza».

–Pero no lo hacemos, al contrario.

–¿Y por qué es tan difícil? Parece tan sencillo y razonable...

–Eso es muy interesante. ¿Por qué estamos en contra de nosotros mismos, por qué estamos destruyendo la única máquina capaz de producir la esencia de nuestra vida? Eso son los árboles: el único elemento que transforma el dióxido de carbono en oxígeno. Hay muchas posibilidades de que llegue un momento en el que tengamos déficit de oxígeno. Así pasó con los dinosaurios.

–Pero sí nos preocupa que no haya cobertura telefónica o wifi.

–Así es, no nos preocupa lo esencial: ni la limpieza del aire ni de las aguas, que son la fuente de la vida. Estamos más pendientes de la cobertura telefónica, las autopistas, la velocidad de los coches... Si tuvieses que cambiarte de casa y dejases atrás el 90% de los objetos que hay en tu hogar, aunque pienses que son esenciales, no te pasaría nada. ¿Por qué nos interesa tanto lo material? Quizá porque los humanos somos el único animal con la conciencia de que vamos a morir, y por eso queremos aprovechar cada segundo. 

–Desde su formación de economista, ¿cómo explicaría a los políticos que proteger el medio ambiente es rentable?

–No son los políticos, no es verdad, somos todos. Porque los políticos son simplemente una representación nuestra. Los políticos que nos dirigen los elegimos nosotros. 

–¿Cómo convencernos entonces a nosotros mismos?

–No sé, eso es muy difícil.

Después de emocionar a más de mil personas, Sebastião Salgado abandona esta mañana Mazarrón con imágenes de las minas y las playas en su cámara. Reacio a los avances técnicos, denuncia la perversión del entorno digital: «Antes, cualquiera que se iba de vacaciones se llevaba su cámara, traía las fotos, hacía copias y las metía en un álbum. Se las enseñaba a su hijo, diez años después ya eran un pedacito de su historia y treinta años más tarde, la memoria de la familia. Eso se ha terminado. El 90% de la fotografía se hace con teléfonos y se queda dentro de una memoria. Es una imagen, pero ya no más una fotografía».

–¿Por qué sigue resistiéndose a fotografiar en color?

–No me resisto, es simplemente que no sé hacerlo. Y me gusta mucho la fotografía en color, pero...

–La dedicación a sus grandes producciones editoriales le ha mantenido alejado de su familia durante periodos prolongados...

–Amo a mi mujer como el primer día, llevo con ella 50 años, pero es cierto que mi trabajo, viajando siempre por el mundo, me alejó de mis hijos en momentos muy importantes para ellos. Entonces Lélia tuvo que sustituirme y asumir también el papel de padre. Pero, ¿sabe una cosa?, los acontecimientos que han sido objeto de mi trabajo no suelen ocurrir en la puerta de casa.

(Publicado en 'La Verdad' el 25 de mayo de 2014)
Comentarios (1)Add Comment
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escrito por Lola, mayo 25, 2014

Excelente entrevista, muchas gracias Miguel Ángel por acercarnos a un personaje como Sebastiao Salgado, y por hacerlo siempre tan bien.

Un beso.

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