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Una invitación al desierto
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09.09.98 - MIGUEL ÁNGEL RUIZ
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El reventón en la balsa de riego del empresario agrícola aguileño Alfonso García Zapata es más que un accidente: también es un toque de atención sobre los abusos que los grandes magnates de la lechuga y los tomates están cometiendo en el campo de Aguilas y zonas cercanas de Lorca y el levante almeriense para la conversión de secanos tradicionales en enormes fincas de regadío.

Dentro de pocos años el entorno de Aguilas será un desierto plastificado bajo la justificación -casi un soborno- de que lo primero son los puestos de trabajo que generan las explotaciones agrícolas. Lo lamentable es que el respeto al medio ambiente no es lo segundo ni lo tercero. Con suerte es lo último, y es escandaloso que todos digan amén.

Los invernaderos asfixian ya el núcleo urbano de Aguilas y avanzan hacia la sierra de Los Mayorales desmontando lomas, deshaciendo cabezos y modificando el cauce de las ramblas. Donde antes había algarrobos, almendros, esparto y pitas hoy sólo hay tierra, llana y perfectamente cuadriculada, donde pasado mañana crecerán tomates bajo invernadero o lechugas al aire libre, según dicte el mercado.

Esta brutal modificación del paisaje y de los usos de la tierra es legal pero su impacto en el medio ambiente es nefasto, una invitación en toda regla al desierto. La destrucción de la cubierta vegetal acelera los procesos de erosión y las nubes pasan de largo sobre lo que una vez fue campo y ahora es un erial de polietileno. Se empieza desmantelando los campos de la escasa -pero necesaria- vegetación que los cubre y se termina echando la culpa de que no llueve a la avioneta fantasma, de la que curiosamente nadie se acuerda cuando cambia el tiempo y hay agua en los pantanos.

La agricultura intensiva del tomate y la lechuga significa oro para los bolsillos de los grandes empresarios y muchos jornales, pero a cambio se está asolando la tierra y condicionando el futuro de cientos de familias a la disponibilidad de unas enormes cantidades de agua que no están garantizadas. Más sencillo: se ha pasado del uso al abuso de los recursos naturales porque el campo genera miles de millones y nadie quiere quedarse atrás en una carrera, parece que sin límites, por sembrar hasta el último centímetro cuadrado de terreno.

Quienes mandan en Aguilas -más los empresarios que los políticos, y sobre todo los empresarios disfrazados de políticos- han decidido que el futuro del municipio esté en el campo y no en el turismo de calidad, pese a los estériles esfuerzos de la Administración regional, empeñada en la quimera de construir hoteles de alto nivel rodeados de invernaderos e invadidos por el hedor de los abonos químicos.

Pero esta apuesta por la agricultura intensiva, que genera dinero y puestos de trabajo y que además cuenta con el apoyo explícito de la población, no puede implicar una renuncia al control sobre una actividad económica cada vez más agresiva con el medio ambiente, ese concepto para muchos etéreo que es el escenario de la vida. Nada menos.

 (Publicado en 'La Verdad' el 9 de septiembre de 1998)
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