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Un agujero negro con final feliz
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05.03.11 - MIGUEL ÁNGEL RUIZ
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Un espeleólogo observa las grandes formaciones litogénicas en forma de esfera. :: ANDRÉS ROS / JOSÉ LUIS LLAMUSÍ

‘La Verdad’ recorre la Sima de la Higuera (Pliego) antes de que abra hoy sus maravillas geológicas a los espeleólogos / Tres estaciones de control medirán los efectos del tránsito de personas por el interior de la cueva

El miércoles estuve seis horas fuera del mundo, en una dimensión aparte donde no llegan las prisas ni suenan los móviles, y donde la vida –o lo que sea ese catálogo de prodigios minerales– se desarrolla con un ‘tempo’ milenario. En la Sima de la Higuera (Pliego) todo sorprende, desde la fosa de 72 metros por la que hay que descolgarse junto a las raíces del viejo ficus, que se pierden en el abismo, hasta las extrañas formaciones geológicas encontradas en sus diferentes salas, y que han despertado el interés de expertos de todo el mundo. La cavidad, conocida en el pueblo como Sima del Cementerio –porque desde el cementerio se aprecia su entrada, en un costado de las estribaciones de Sierra Espuña–, fue descubierta en toda su inmensidad hace catorce años por los espeleólogos locales Pedro López y Gema Cánovas, pero acaba de ser acondicionada para las visitas ‘técnicas’ por la Federación de Espeleología de la Región, en un proyecto conjunto con el Ayuntamiento de Pliego y la Comunidad Autónoma que ha coordinado el cartagenero Andrés Ros.

La sima ya está señalizada y es visitable, aunque sólo se puede acceder de forma controlada enviando una petición por correo electrónico. Un grupo de espeleólogos valencianos estrenará hoy el sencillo pero seguro sistema de balizamiento de la cavidad –un simple cordón sintético–, y tres estaciones de control comenzarán a medir de qué manera afecta al frágil ecosistema de la cueva el tránsito de personas por su interior. La colocación de los aparatos por un equipo de la federación, hace tres días, brindó la oportunidad de que ‘La Verdad’ bajara a la sima.

El abismo nos come

El agujero nos va tragando de uno en uno y la abertura de la sima, de una profundidad equivalente a un edificio de 30 pisos, se convierte enseguida en un punto de luz diminuto. Pronto será únicamente un flash en mi cerebro. Antonio David Granado y María José González, campeones regionales de progresión vertical en cuevas, bajan volando hacia el primer fraccionamiento del descenso y lanzan la consigna:

–¡Libre!

La cuerda queda disponible para Andrés Hurtado, presidente de la Federación de Espeleología de la Región, y para mí. El descensor nos facilita un desplome controlado hacia el fondo del hoyo, pero hay que ir muy atentos para no golpearnos la espalda, las rodillas, los codos y la cabeza. Esperamos en un descanso a Andrés Ros, que baja grabando en vídeo después de cerrar la reja.

La larguísima bajada obliga a hacer paradas en lugares estratégicos en los que se vuelve a fijar la cuerda, y requiere un mínimo protocolo de seguridad que a la tercera repetición se hace tedioso. Cuidado, porque en estos momentos un descuido puede despeñarnos. Enseguida me doy cuenta de que, a más veteranía, más atención a los detalles. Cada mosquetón siempre anclado en su sitio, y nunca soltar uno sin antes enganchar el otro.

La Sala de los Corales

Nos reunimos por fin en una estancia amplia en la que nos desembarazamos del arnés y las cuerdas. Nos hidratamos. Andrés Ros coloca la segunda estación de control y anuncia una temperatura de 20 grados y una humedad del 92% –en la boca de la sima, donde ha quedado fijada la primera, es sólo del 40%–. Entonces veo la baliza, un cordel amarillo anudado a las paredes que señala el camino para que los espeleólogos no se desvíen de la marca y dañen involuntariamente la superficie de la cueva. Se trata de trazar una senda y cerrar al paso el resto. Todo aquí es demasiado valioso, incluso la gota de agua que tiembla en el extremo de una estalactita y que no debemos tocar para no interferir en un proceso que se mide en escala geológica.

Esta primera galería se llama Sala de los Corales por la forma de los minerales que recubren sus paredes, una copia casi perfecta de las colonias de seres vivos que se desarrollan en el fondo del mar. También la Sima de la Higuera estuvo inundada, un pasado acuático que se aprecia en los depósitos de diferentes materiales que se acumulan aquí y allá. Los procesos geológicos que han dado lugar a las distintas formaciones litogénicas de la Sima de la Higuera son aún un misterio que está ayudando a aclarar el Centro Tecnológico del Mármol, donde se analizan los minerales.

Hay que arrastrarse

De nuevo en marcha, erguidos durante unos minutos escasos y engañosos, porque enseguida se manifiesta el terreno por el que vamos a movernos en lo sucesivo: huecos estrechos en los que hay que comprimirse para pasar, en los que nos dejamos la piel –¿por qué no me acordé de traer unas rodilleras?– y que a veces nos obligan a meter medio cuerpo sin saber muy bien qué nos vamos a encontrar al otro lado.

Por suerte, en este tramo nos va guiando María José, que se mueve con la soltura de un gato. La miro y me acuerdo de Vincent Cassel en ‘Ocean’s Twelve’: el actor francés ejecutaba una especie de capoeira para esquivar un rayo láser y la espeleóloga jumillana aprovecha su agilidad para atravesar las troneras sin dejarse un pelo en el intento. Yo me quedo atascado en todas.

¡Agua!

La llegada al pequeño lago nos sirve para recuperarnos un poco, al menos a mí. Toca remangarse para negociar este obstáculo mojándonos lo mínimo; al final, lo mínimo es casi todo. Las linternas colocadas en puntos estratégicos iluminan el interior de la pequeña piscina y nos permiten acomodar los pies para no caer al agua.

Andrés Ros me llama la atención sobre un detalle importante: la Sala Paraíso, donde la baliza señala el fin del recorrido, está justo debajo del depósito de agua, algo que no suele ser muy frecuente –los lagos interiores suelen marcar la cota más baja de las simas–. Pienso en ello mientras alcanzo el extremo de la bañera. También disfruto del silencio absoluto en los escasos momentos en que estamos todos callados. Un silencio total y perfecto.

En la Sala Paraíso

Una última grieta estrecha que lija la espalda nos deja a las puertas de la Sala Paraíso, o Sala de los Fantasmas, donde me ceden el paso para que me produzca un mayor impacto lo que voy a encontrarme por primera vez.

Miro a mi alrededor y no sé qué decir porque nunca he visto nada parecido. Comienzo a caminar entre pináculos que aquí han bautizado como elfos, y cuando enfoco la luz del casco hacia las paredes y el techo descubro unas formaciones extrañísimas de color naranja y una textura parecida al terciopelo. Como nubes. El objeto más parecido que conozco es la pata de un elefante. Más adelante brotan del techo grandes esferas, que los espeleólogos llaman simplemente cebollas, arracimadas en grupos. El conjunto forma un escenario fantástico donde vivirían felices Tim Burton y Helena Bonham Carter. No se conoce aún una cueva en todo el mundo donde se concentren tantas formaciones litogénicas de este tipo, ni tan grandes.

Por eso es tan importante regular los accesos a ésta y el resto de las grandes cuevas de la Región, en algunas de las cuales aún puede entrar cualquier persona sin control alguno. «Es necesario que protejamos nuestro patrimonio geológico para que estas maravillas sean disfrutadas por las generaciones venideras», insiste Andrés Ros, que confía en trasladar a otras simas de la Comunidad Autónoma el proyecto turístico-científico que hoy comienza a hacerse realidad en Pliego.

Vídeo del recorrido por la Sima de la Higuera.


 (Publicado en 'La Verdad' el 5 de marzo de 2011)
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