Portada Excursiones Sierra de la Pila y Abanilla
Sierra de la Pila y Abanilla
Bordeando el Piñonico
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Caminata por la Sierra de Quibas (Abanilla), la 'esponja' de la que bebe el río Chícamo

El Noreste de la Región guarda rincones donde la actividad humana aún mantiene una relación armoniosa con el medio natural. Donde los cultivos de secano y las casas de labor tradicionales se relacionan con respeto con las montañas y la masa forestal. Uno de estos lugares es la Sierra de Quibas y su entorno, en Abanilla, donde podemos hacer una excursión de media jornada para conocer una zona de la geografía regional que está aún por descubrir.

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Cuando nevaba en la Sierra de la Pila
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Las ruinas de los pozos de nieve dan fe de los fríos inviernos que azotaban a esta isla-vegetal

Pues sí, hubo un tiempo en el que nevaba con frecuencia en la Sierra de la Pila. Y en el Carche. Y en la Sierra de Ricote. Épocas en las que en invierno hacía frío, y no como ahora. A aquellos tiempos debemos unas primitivas construcciones industriales que apenas se mantienen en pie y que corren el peligro de perderse si la Administración no lo remedia pronto. Se trata de los pozos de nieve, auténticas neveras naturales donde se guardaba la nieve, una vez prensada, para venderla en forma de hielo a partir del mes de marzo.

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El refugio de Jaime el Barbudo
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La Cueva de la Excomunión se esconde en un pliegue de la Sierra de la Pila

La Sierra de la Pila es un buen lugar para esconderse. Lo es ahora y lo era hace doscientos años, cuando estaba en todo lo suyo Jaime el Barbudo, un bandolero de buen corazón que tuvo que echarse al monte después de un asunto de sangre, y que encontró un escondite seguro en estas montañas. Nacido en Crevillente  (Alicante) en 1783, Jaime Alfonso el Barbudo se tiró media vida huyendo de la Justicia por las montañas murcianas y alicantinas. El Carche, la Sierra de Abanilla y La Pila fueron sus principales bastiones, aunque su campo de acción llegaba hasta la Vega de Orihuela.

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La húmeda garganta del Cagel
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Hasta el nacimiento del río Chícamo (Abanilla) por un cañón espectacular

Imposible olvidar tanto frescor, tanto silencio, tanta belleza. Imposible no conmoverse ante el cruel contraste entre los barrancos amarillos y secos de Abanilla y el vergel en que convierte su lecho el fluir constante, modesto y elegante del río Chícamo.

El Chícamo, otro río milagroso –como el Luchena, el Benamor, el Mula– que aporta vida y color a un espacio natural donde lo más normal sería que las lagartijas se desplazaran con cantimplora. Adentrarse en la garganta del Cagel –o Cager– para seguir su curso alto hasta el nacimiento supone una caminata divertida de unos cinco kilómetros en los que avanzaremos paralelos al río y tendremos que cruzar el cauce  en varios  puntos del recorrido.

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La montaña verde
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El Caramucel esconde en La Pila una de las umbrías más bellas de la naturaleza murciana

 Esta primavera flamante nos empuja al campo y nosotros, débiles de carácter y carne pecadora, nos dejamos arrastrar. La primavera tiene eso: que hasta en el rincón más inmundo podemos hallar belleza en forma de una margarita, una amapola o una genista. Lo suyo es aprovechar el fin de semana para salir pitando en busca de la luz, el aroma y los colores. A la Sierra de La Pila, sin ir más lejos.

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Donde vuelan los buitres
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Las rachas cálidas de aire acercan hasta las cumbres de La Pila a grandes grupos de aves carroñeras

El invierno murciano es una estación de sorpresas: uno puede despertarse helado como una llave, cocerse de calor al mediodía y acostarse tiritando de nuevo. Oscilaciones térmicas casi como en el desierto –ese camino llevamos–. Una de esas rachas de viento cálido transportó hace sólo unas semanas a una bandada de buitres hasta las mismas cumbres de la Sierra de La Pila, un parque regional que comparten los municipios de Fortuna, Abarán, Blanca y Molina de Segura. Eran ocho enormes carroñeros que sobrevolaron el mirador de Los Cenajos –1.200 m.– durante una hora prácticamente rozando la garita de vigilancia forestal.

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La Pila, en bici y de arriba a abajo
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Excursión circular de 52 kilómetros rodeando la sierra

Un día de excursión en la Sierra de la Pila puede suponer un año más de vida, queda usted advertido. Porque de La Pila no sale uno igual que ha entrado, no: después de recorrer sus pistas solitarias, una vez contemplado el mundo desde el mirador de Los Cenajos (1.225 metros de altitud), dos segundos más tarde de dejarnos rozar la piel por sus carrascas, uno respira mejor, se siente más guapo e incluso parece mejor persona.