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Sierra de Almenara
Los fantasmas de Viquejos
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El caserío abandonado de Viquejos, sobre un promontorio aterrazado, en uno de los rincones más recónditos de la Sierra de Almenara.

Una aldea abandonada en un valle perdido de la Sierra de Almenara

Viquejos, cuatro o cinco casas abandonadas en la diputación lorquina de Morata, en la Sierra de Almenara. No les sonará de nada, pero deben saber que ese valle perdido, uno de los más bonitos y escondidos de este espacio natural, estuvo ocupado hasta hace medio siglo por unas pocas familias tan adaptadas al agreste medio físico en el que vivían que su simple presencia delataba su origen.

Atentos a los apuntes del naturalista lorquino Miguel Pedro Pallarés, gran conocedor de la zona: «Dicen que había en ellos algo que nos relaciona directamente con la Edad del Hierro.

Obligados a caminar siempre por empinadas veredas, cuando llegaban al llano su andar se descomponía hasta formar un peculiar baile que denunciaba su procedencia, ya de lejos. Por la misma razón de estar hechos a las veredas, tendían a ir en fila india, aunque hubiese anchura. Eran buenos con los cepos y trampas y en todas sus casas había pieles de zorro, de tejón, de garduña, gato montés y gineta, que ellos mismos curtían y vendían o usaban.

Otro signo montañés: cuando en invierno aparecía alguien en Morata con un gorro de piel de pelos grises y blancos (tejón) forrado de lana, no había duda: un viquejero. En fin, un mundo solar y lunar, casi tibetano, de largas y oscuras noches musicadas por el búho, los ladridos, la inquietud en las tibias cuadras, y de rumores de agua que se estrella en la roca. Un mundo ya extinto y para siempre».

Más aportaciones etnográficas de Miguel Pedro Pallarés: «Se dice que no había manera de entender lo que decían, especialmente cuando hablaban madres con hijas: una madeja de sonidos agudos, guturales, entreverados de gestos, en rápida cascada.

Nadie sabía leer en Viquejos, una aldea sin caminos -la rambla era lo más parecido- que fue abandonada, como el resto del valle que desemboca en Ugéjar, a mediados de la década de los sesenta del siglo XX. Pero tenían lo que no había en Campo López ni en Morata: un hermoso nacimiento de agua cuyo curso movía la piedra del molino. Una copla del lugar dice: "En Viquejos no hay reloj, ni calle mayor, ni plaza; todo lo gobierna Dios, con el esparto y la maza"».

Un portillo en el horizonte

¿Verdad que quieren conocer Viquejos? Pues tomen nota: iniciamos la excursión donde hemos dejado el coche -ver ficha- hasta subir a un collado en el que veremos un camión abandonado y una balsa vacía a nuestra izquierda. Al frente, más o menos a un kilómetro de distancia, avistaremos un portillo -un paso estrecho excavado en la montaña-.

Caminamos en esa dirección por la cómoda pista, entre bancales de olivos, y ya desde el vano del portillo divisaremos las casas abandonadas de Viquejos en la falda de la montaña que tenemos enfrente, sobre unas lomas aterrazadas donde ahora el único signo ¿civilizado? es el ruido de un motor que extrae agua eternamente.

Una vez aquí podemos hacer un pequeño recorrido circular que no nos llevará más de una hora -menos de dos horas si contamos ida y vuelta desde el coche-: consiste en bajar a la izquierda hasta llegar a las ruinas del molino -cuidado con unas colmenas que veremos cerca-; después, volvemos sobre nuestros pasos para subir por la rambla, muy tupida, entre olivos, albaidas, romero, pinos y baladres.

Observaremos los canales tallados por el agua en el cauce, ahora seco, a lo largo de los años. En menos de un kilómetro, junto a dos grandes eucaliptos, la rambla se convierte en camino cómodo y nos ofrece la posibilidad, tomando un desvío a la izquierda, de subir hasta las casas de Viquejos. La vista del valle es magnífica desde este punto, aunque es seguro que los viquejeros tendrían poco tiempo para disfrutar del paisaje.

Si seguimos por el cauce, en unos pocos metros nos encontraremos con tres pequeños álamos negros -un amago de chopera- en la orilla de la rambla, poco frecuentes en estas latitudes ahora tan áridas. Y unos metros más adelante alcanzaremos el camino que nos conducirá de nuevo hasta el portillo si giramos a la derecha, cuesta arriba, para terminar nuestra inmersión en las ruinas de un mundo rural que se está perdiendo sin remedio.

(Publicado en 'La Verdad' el 16 de abril de 2010)

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