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Sierra de Almenara
De Tébar a Chuecos
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Castillo de Tébar.

Cinco kilómetros por una rambla para enlazar la visita a dos castillos árabes

No tiren esta página, recórtenla y guárdenla como euro en paño porque les va a abrir la puerta de un espacio natural sorprendente y que seguramente no conocen todavía. Les hablo de la Sierra de Almenara (entre Lorca, Águilas y Mazarrón), un topónimo árabe que significa algo así como fuego en lo alto o lugar donde se pone un faro.

La Almenara es monte mediterráneo en estado puro, una sierra amarilla y verde –esparto y pinos– herida por ramblas y barrancos que guarda rincones idílicos.

La Almenara es húmeda y seca, alta y baja, suave y arriscada al mismo tiempo, y entre sus matas de esparto y romero se arrastran algunas de las pocas tortugas moras que nos quedan –si se encuentra con alguna, deje que siga su camino–.

Además de la valiosa 'testudo graeca', La Almenara es un paraíso para el águila perdicera, la perdiz –su presa natural–, el conejo y el jabalí. También es tierra de castillos, y esta primera excursión que nos va a descubrir este hermoso territorio discurre precisamente en Águilas entre dos fortificaciones árabes: Tébar (s. XII) y Chuecos (s. XII-XIV).

Hay que situarse en el cruce de Mazarrón de la autovía Lorca-Águilas, a 13 kilómetros de esta última localidad. Recorremos un kilómetro de la comarcal que va a Mazarrón y tomamos un camino de tierra que sale a la izquierda.

Ya hemos iniciado nuestra ruta, con el castillo de Tébar a la vista en lo alto de un cabezo y el caserío a sus pies. Andamos un kilómetro, más o menos, hasta que el camino se abraza a la rambla de Chuecos, un cauce poblado de vegetación –pinos adelfas, jaras...– por el que podemos adentrarnos en algunos tramos, sin perder de vista la pista principal. Aunque nos encontraremos con dos cadenas que cortan el paso, no hay problema: puede saltarlas. Eso sí, sepa que transita por una finca privada.

Progresamos en ligera pendiente, sin pérdida posible, y pronto vislumbramos a nuestra izquierda el Talayón de Chuecos (828 metros de altitud). A izquierda y derecha vemos terrazas de cultivos tradicionales –hechas con pedrizas, como hace cientos de años– en un espacio para enmarcar que nos ofrece soberbios ejemplares de almendros, olivos, pinos y algarrobos.

En cinco kilómetros alcanzamos nuestro objetivo: el paraje de Chuecos, dominado por las ruinas de un castillo y con un gran cortijo que en tiempos fue el referente social de los núcleos de población cercanos, con su ermita, una bodega con enormes tinajas y la era que durante las fiestas se utilizaba para los bailes de pujas. En la base del cerro del castillo hay un generoso nacimiento; tanto que el agua brota en abundancia incluso en los meses más calurosos.

La balsa es un lugar perfecto para descansar, tomar un bocado y contemplar el valle que acabamos de recorrer. A nuestra espalda se extiende un bosque de pinos que exploraremos otra semana. Paciencia.

(Publicado en 'La Verdad' el 11 de febrero de 2005)

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