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Una carabela en Moratalla
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La carabela –derecha– llama la atención en la Cueva del Esquilo, usada durante décadas como abrigo para el ganado.

La Cueva del Esquilo custodia las pinturas rupestres más misteriosas de la Región

Tome nota de un misterio que está al alcance de su mano: ¿quién pintó hace casi 500 años en una cueva de Moratalla una carabela como las que hacían la ruta de las Américas? ¿Qué oceános navegó antes de refugiarse en un abrigo del Noroeste de la Región, en una época en la que los lobos y los osos campaban a sus anchas por estas sierras?

En la soledad de la Cueva del Esquilo, a tiro de piedra del caserío de Bajil, uno se hace estas preguntas mientras adivina en lo alto el vuelo majestuoso y circular de siete buitres -los carroñeros están en celo en esta época-.

Además de la figura claramente reconocible de la nao, en la Cueva del Esquilo hay grabadas otras representaciones rupestres, todas del siglo XVI, como una cruz de Caravaca y un escudo nobiliario.

Las descubrió Marcial García a mediados de la década de los ochenta, y actualmente cuentan con un divulgador impagable en la figura de Antonio Rodríguez, alcalde pedáneo de la cortijada de Bajil que, si le encuentran en su casa, les indicará cómo llegar hasta el abrigo rocoso o incluso les acompañará mientras les cuenta alguna historia del Campo de San Juan.

Vale la pena que pregunten por él. Si se da el caso de que llegan a Bajil y Antonio está cuidando su huerto o ha bajado a Benizar, sepan que llegar hasta las pinturas es sencillo.

Hay que tomar la pista de tierra que sale de Bajil y desciende hasta la Rambla de Lucas y transitar por ella durante algo más de un kilómetro.

En una curva del camino, poco antes de llegar a una fuente, se coge a la derecha la senda que sube por el Barranco del Esquilo hacia la cueva.

Un grupo de grandes nogueras salpican el lecho de la rambla, mientras nosotros caminamos por la derecha, con la abertura de la cueva a la vista.

El abrigo se localiza a 1.250 metros sobre el nivel del mar y se abre en la roca a lo largo de más de 40 metros. Su actual uso ganadero es evidente: un muro de mampostería cierra la cueva.

No es extraño que este lugar fuera frecuentado hace cientos de años: la Rambla de Lucas es un paso natural entre las tierras altas del Noroeste murciano y Castilla-La Mancha -por este camino, con un poco de paciencia, se llega hasta Mazuza, Otos y Nerpio-.

También es la continuación de otras rutas que unían Cartagena con el interior de la península, lo que podría explicar la insólita presencia de la gran embarcación de vela en plena sierra de Moratalla, navegando desde hace siglos sobre las olas de un lienzo de piedra.

(Publicado en 'La Verdad' el 25 de enero de 2008)

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