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Noroeste y Río Mula
Primavera florida en Cañaverosa
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Tres senderistas caminan por un prado florido, a la salida de la Senda de la Huertecica y en dirección al río.

Un paseo para conocer el valioso bosque de ribera que arropa al Segura en Calasparra

No hay estos días muchos lugares a los que ir que ofrezcan tanta belleza como los márgenes de los ríos, especialmente las praderas de flores que brotan cerca de cursos fluviales con buena salud.

Un ejemplo epatante de este tipo de ecosistema es el bosque de galería que abriga al Segura en sus tramos más limpios, y especialmente la reserva de Cañaverosa (Calasparra), un tramo de unos cuatro kilómetros que estos días se ofrece exuberante y tibio, pleno de flores y aromas.

Esta excursión no puede ser más sencilla, así que aprovechen si tienen hijos, nietos o sobrinos pesados y no saben qué hacer con ellos este fin de semana: les devuelvo el dinero si su prole no se divierte caminando sobre una pasarela de madera al tiempo que adivinan el vuelo del martín pescador, o mientras les sorprende la arrancada elegante de una garza real cuando busquen -y seguramente encuentren- huellas de nutria en las orillas.

Nuestro punto de partida es el Santuario de la Esperanza, donde pueden encargar un arroz con conejo y caracoles para la vuelta.

Comenzamos a caminar por la parte trasera del restaurante, buscando una carretera asfaltada que lleva hasta el cámping Los Viveros.

A unos 400 metros nos encontramos con el paraje de La Juntas (ojo, fuente de agua no potable), donde se une al Segura el río Moratalla.

Aquí tenemos que cruzar el río, y lo más normal es que nos encontremos unas cañas tendidas sobre el cauce para facilitar el trance a los senderistas.

En la otra orilla nos espera un camino que nos introduce en un terreno de bancales tradicionales que estos días se convierten en auténticos prados alpinos cuajados de margaritas y amapolas. No lo dude: foto obligada.

Con el río a nuestra derecha, llegamos a la Senda de la Huertecica, el sector mejor conservado del bosque de galería. Hay que atravesar en silencio este tramo de apenas 500 metros en el que caminamos envueltos en vegetación, hasta el punto de que las copas de los chopos se unen sobre nuestras cabezas. Una pasarela de madera facilita el paso, pues esta zona se embarra a menudo.

Al salir de la senda nos espera otro prado idílico (¡¡Heidi!!, ¿dónde estás?), que atravesamos hasta llegar al río, donde puede terminar este recorrido una vez recorridos unos dos kilómetros. Si vadeamos el cauce -que no ofrece ninguna dificultad-, es fácil adivinar lo que el paisaje nos ofrece un poco más allá.

(Publicado en 'La Verdad' el 4 de abril de 2008)

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