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Noroeste y Río Mula
Otoño en el Campo de San Juan
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Panorámica del Campo de San Juan.

Los chopos y los álamos tiñen de rojo el valle que conduce a las sierras de Moratalla, entre Barranda y El Sabinar

La vida transcurre despacio, tranquila y auténtica en el Campo de San Juan, un valle salpicado de caseríos que conduce hasta las sierras de Moratalla. En este paisaje de lomas onduladas se revelan escenas de la vida rural que ya se han perdido en otras comarcas de la Región. Y que por desgracia ya no volverán.

Campos de cereal, huertas familiares, chimeneas humeantes, bancales de plantas aromáticas, fuentes y arroyos marcan el día a día de las poco más de 300 personas censadas entre La Ribera, Zaén de Arriba, Casicas de San Juan, Casas de Aledo, Zaén de Abajo, La Risca, Casa Puerto, Casa Nueva, Bagil y Fotuya.

Gente recia acostumbrada a subsistir de las cuatro cosas que da la tierra y de una punta de ganado, y que vive a su aire en territorio de frontera, ya que el aire que respiran casi tiene más de castellano que de murciano.

Una advertencia: no cometa la torpeza de esperar a que nieve para salir pitando hacia aquí, salvo que disfrute haciendo horas de cola dentro del coche para comerse unas migas a las cinco de la tarde después de tirarse cuatro bolazos de nieve en una cuneta.

Eso es lo que hace todo el mundo, pero usted se merece una experiencia diferente.

Cuando es imperdonable no subir hasta el Campo de San Juan es entrado el otoño: entonces las choperas, los álamos blancos y los olmos se turnan para aportar pinceladas de rojo, naranja y amarillo a un escenario natural que no puede ser más romántico.

Casi duele pasear por estos campos sabiéndose ajeno a tanta verdad y tanta belleza. Sabiendo que cuando el sol comience a esconderse tendremos que enfilar el morro del coche lejos de tanta felicidad. El Campo de San Juan se despliega, pasado Archivel, a ambos lados de la carretera que sube desde Barranda hasta El Sabinar.

La carretera, excelente, penetra en el paisaje y evoca en el viajero recuerdos de otros lugares: una hilera de cipreses y un casón remiten a la Toscana, una chopera de hojas titilantes nos lleva de la mano hasta los campos de Soria, un olivo centenario parece sacado del Maestrazgo... al final, todos esos lugares se resumen en éste.

El escritor caravaqueño Miguel Espinosa no dejó dicho si su mítico Valle de Tabladillo era en realidad el Campo de San Juan, ni tampoco si su Azenaia Partenós fue en realidad una vecina de Zaén o Bagil que manejaba con firmeza un rebaño de ovejas.

Pero pudo haberlo sido porque el arrullo del río Alhárabe se adivina detrás de algunas de las escenas campestres de Escuela de mandarines. El otoño vuela y usted no tiene tiempo que perder, así que coja el monovolumen y apunte hacia el Noroeste. Y mañana Dios dirá.

Casa Pernías: descanso con buen gusto

Un año justo lleva en marcha en el Campo de San Juan Casa Pernías, un alojamiento de calidad que debe marcar el camino a los establecimientos de turismo rural que abran en el futuro. Casa Pernías es una aventura en la que se ha metido Javier Ruiz de Assín, abogado de raíces murcianas que ha convertido en hotel-restaurante el viejo cortijo de una finca heredada de su familia.

Con la ayuda de su mujer, la diseñadora de sombreros y escenógrafa Candela Cort, ha transformado la vetusta edificación en un complejo que cuenta con 16 habitaciones, piscina y restaurante. La decoración es cálida, elegante y funcional, los espacios son amplios y se respira buen gusto. Muebles de Yecla, alfombras de Blanca y mármol de Cehegín aportan calidad a unas estancias pensadas para el descanso con todas las comodidades.

De las paredes cuelgan obras de Hernández Pijoán, Gordillo y Abraham Lacalle, aunque los mejores cuadros son los paisajes que enmarcan los generosos ventanales. Uno se acomoda en un sofá, junto al vestíbulo, y la cristalera parece una pantalla de cine por la que se proyecta la película del Campo de San Juan: aquí pueden pasar las horas mientras vemos cómo se desplazan las nubes otoñales de panza de burra.

Uno de los mayores placeres de su propietario es salir pitando de Madrid, madrugar al día siguiente en el campo moratallero y cobrar cuatro o cinco perdices pateando parte de las 500 hectáreas que tiene la finca. Otros días, al atardecer, se interna por un camino de la propiedad buscando a las cabras monteses que bajan a beber al arroyo. Para algunos, esto es el auténtico lujo.

El restaurante, que tiene un funcionamiento autónomo, ofrece cocina de la comarca con ingredientes de excepcional calidad, algunos de ellos cosechados en la propia finca. La encargada del establecimiento, María Mellinas, es de Benizar, y las manos que mueven las migas son del Calar de la Santa, así que la autenticidad está garantizada.

(Publicado en 'La Verdad' el 19 de octubre de 2007)

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