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Noroeste y Río Mula
El Barranco de Hondares: naturaleza pura
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Casas de Hondares, donde comienza la excursión.

Recorrido solitario en Moratalla entre Casicas del Portal y Somogil siguiendo el cauce de un arroyo bellísimo

Quienes han recorrido de arriba a abajo el Barranco de Hondares hablan con devoción de este lugar increíble de las sierras de Moratalla. Es decir: los pocos que se han aventurado en sus soledades se limpian la boca antes de pronunciar su nombre, tal es el grado de pureza que conserva este rincón verde y salvaje de la Región de Murcia.

Entre El Sabinar y Benizar, bajo el caserío de Casicas del Portal, el arroyo de Hondares abre un tajo bellísimo hasta Somogil, donde sus aguas vierten al río Alhárabe. Transitar en solitario esos ocho kilómetros es acudir a un encuentro con la naturaleza más pura, una cita de la que no se puede salir igual que se entra.

En esta excursión -cuatro o cinco horas ida y vuelta- nos vamos a encontrar con cascadas, charcas donde dormitan enormes galápagos, una incansable pareja de águilas reales, pinares maduros, dos encinas monumentales y, sobre todo, un silencio que pone los pelos de punta. Es tal la calma que incluso el roce de la ropa al caminar se cuela en la cabeza como el eco de voces cercanas. Pero miramos hacia atrás y no viene nadie.

Las ruinas de las Casas de Hondares son un buen lugar para iniciar esta aventura personal, accesible para cualquiera que se conmueva ante la belleza del paisaje. Absténganse consumidores de excursiones a granel que se comen un bolly cao y tiran alegremente el envoltorio. Esos, en Hondares, no son bienvenidos.

Bajamos desde las ruinas y tomamos una pista que nos permite ganar el cauce del arroyo: veremos enseguida una chopera por la que el agua se precipita en una cascada de diez metros de altura. A partir del mes de marzo, cuando el caudal es abundante, la cortina de agua impresiona.

Un poco más abajo el arroyo hace otro salto y se interna en un espacio de vegetación espesa. Si decidimos avanzar por el cauce los espinos terminarán por marcarnos la cara y rompernos la ropa.

Lo más cómodo es seguir la senda y la pista que bajan por la margen izquierda, y que nos permiten llegar hasta el arroyo en muchos puntos del recorrido. Hay tramos de sendero que recuerdan a la Garganta del Cares, en los Picos de Europa, sólo que aquí no tendrá que ir sorteando turistas japoneses.

Ha llovido poco y el arroyo no baja ahora muy boyante; de hecho, hay un par de meandros en los que prácticamente desaparece para resurgir de nuevo, verdoso y helado, unos cientos de metros más adelante. Aproveche estos momentos en los que no canta el agua para buscar con los prismáticos algún macho montés en las alturas.

Nuestro camino termina en la poza termal de Somogil, ahora seca pero a punto de reventar otra vez. Si echa la vista atrás, le habrá parecido mentira que este lugar se haya conservado tan virgen. Eche una mano para que siga, como mínimo, igual que ahora.

(Publicado en 'La Verdad' el 27 de enero de 2006)

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