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Un oasis entre ladrillos
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Las altísimas palmeras datileras de Zaraíche rodean al visitante y apuntan al cielo de Murcia.

Los nuevos desarrollos urbanos de Murcia atrapan al palmeral de Zaraíche en un rincón de la huerta

Aún da alguna sorpresa la escasa huerta que va quedando en Murcia, cada vez más desplazada por los nuevos desarrollos urbanos. Precisamente conduciendo por la avenida Reino de Murcia muchos automovilistas han reparado en la presencia de un pequeño oasis en una parcela de huerta que ha quedado encajonada entre esa misma carretera, las avenidas Juan de Borbón y Ciudad de Aranjuez -la continuación de Príncipe de Asturias- y el complejo deportivo Olimpic Club.

Se trata del palmeral de Zaraíche, incluido en el Catálogo de Árboles Monumentales de Murcia y seguramente uno de los más grandes de la Región, con la particularidad de que ha quedado incrustado en la malla urbana, para bien y para mal: podemos visitarlo en 5 minutos desde el centro de la ciudad, pero el avance del ladrillo es siempre una amenaza inquietante, pese a que la palmera datilera es una especie protegida.

Visitar el palmeral es retroceder bruscamente en el tiempo, puesto que saltamos en cuestión de segundos de una vía de tres carriles por sentido al tradicional ecosistema huertano: si tomamos el Carril del Palmeral -ver ficha-, que describe un par de curvas muy cerradas, llegaremos a nuestro objetivo en menos de un kilómetro.

Pasaremos junto a casas de una planta con palmera en la puerta y huerto en el lateral, con riego procedente de la acequia Zaraíche, que toma su caudal de la Acequia Mayor Aljufía.

Lo primero que nos llamará la atención es el silencio, tan cerca como estamos de grandes viales de comunicación y edificios. Sólo escucharemos el canto del gallo y el zureo monótono procedente de los numerosos palomares que ocupan una explanada que se abre frente al acceso al palmeral.

Es en ese momento cuando recomponemos el puzzle de una escena huertana contemporánea: la acequia, las palmeras, las palomas, las casas bajas, el huerto familiar, los gallineros.

Alcanzamos primero el palmeral grande, en el que podemos penetrar a través de un caminillo. Entramos al bosque datilero y pronto nos vemos rodeados de palmas, en un entorno selvático que nos tamiza la luz del sol y amortigua los ruidos.

Sorprende el abandono en el que se encuentra este jardín salvaje: sin señalizar, sucio y con arbustos devorando la parcela. Tan dejado está que el Ayuntamiento ni siquiera sabe si el temible picudo rojo está atacando el palmeral.

El palmeral chico lo divisaremos a unos 400 metros de distancia, pegado ya a los edificios de la avenida Juan de Borbón y en el borde de la acequia. Es mucho más pequeño que su "hermano mayor" y no se puede acceder a su interior por la gran densidad de las cañas que han crecido bajo las palmeras.

En cualquier caso, es recomendable explorar este rincón de la huerta caminando entre los dos vergeles, quizá los dos últimos palmerales urbanos de la capital de la Región, y que fueron plantados por los árabes para crear zonas de sombra en las amplias parcelas agrícolas ganadas a la vega del Segura.

(Publicado en 'La Verdad' el 7 de mayo de 2010)
Comentarios (3)Add Comment
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escrito por hormigaenbici, febrero 14, 2011
además con fauna: ratas autoctonas de tamaño de conejos. Mis perros se entretienen mucho cazandolas. Y todo por los marranacos que tiran la basura donde sea, han hecho de estos sitios zonas de botellon y encuentros furtivos. Y mira que un atardecer en el palmeral es precioso...
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escrito por ..., julio 31, 2012
El palmeral chico lo han arreglado un poco. Lo han convertido en un parque horroroso con sus bancos y sus adoquines. Eso sí, allí no entra ni dios por lo descuidado que está, lleno de litros vacíos.
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escrito por Piezas de Vídeo, noviembre 22, 2014

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