Cazorla, Sierra de Segura y La Sagra
La llamada blanca de La Sagra
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Un montañero inicia la ascensión a La Sagra, que aparece semioculta por la niebla.

La nieve espera a cientos de montañeros este fin de semana en la cercana cumbre granadina

Nieve en La Sagra. Este es el santo y seña que circula entre los aficionados a la montaña cuando se pinta de blanco la cumbre del cercano pico granadino (2.384 metros de altitud a media hora de Caravaca: una tentación). Y a la llamada del tam tam montañero acuden de inmediato decenas de excursionistas murcianos, alicantinos, albaceteños y granadinos -por este orden- para darse el placer de coronar pisando nieve una de las cumbres más bonitas del sur de España.

Esto es lo que sucedió el pasado fin de semana y volverá a ocurrir mañana sábado, el domingo y el lunes festivo: La Sagra está cerca -menos de hora y media desde Murcia-, sigue cargada de nieve y parece que va a hacer buen tiempo, así que la montaña de La Puebla de Don Fadrique espera una afluencia máxima de visitantes.

(Una reflexión obligada: el entorno de este espacio natural formidable se masifica cada vez que caen cuatro copos, hasta el punto de que comienza a peligrar su equilibrio ecológico. O sea: máximo respeto y máximo cuidado, que no está la naturaleza para bromas).

Quienes no cuenten con material técnico adecuado ni una mínima experiencia montañera, lo mejor es que se conformen con tener un contacto más suave con el elemento blanco: que se den una vuelta por los alrededores y se peguen unos bolazos, pero que no intenten el ascenso porque incurrirían en una grave imprudencia.

En La Sagra ocurren al menos un par de accidentes graves cada año precisamente por este motivo. No hay que subestimar una montaña de más de 2.000 metros donde a veces se forman grandes placas de hielo y la niebla puede desorientarnos.

La ruta se inicia en el puerto situado un kilómetro más arriba del complejo turístico, donde se abre una explanada en la que se aparcan los coches, junto a un corral donde se encierra ganado. La Sagra es la mole que tenemos enfrente, a la que quizá no veamos la cresta por culpa de la niebla. Lo que sí veremos es una hendidura de forma cónica en mitad de la montaña, conocida como el embudo, y que es por donde acceden a la cumbre la mayor parte de los montañeros.

Comenzamos a caminar de frente -habrá cientos de pisadas que nos servirán de guías-, buscando el acceso más rápido y corto hacia la base del embudo. Subir por esta cascada de piedras sueltas no será difícil -aunque sí fatigoso-, salvo en un último paso, donde la pendiente es muy acusada y la nieve puede haberse transformado en hielo. Si hemos sido previsores y llevamos crampones y piolet, no habrá problema. Si no es así, no habrá más remedio que servirse de los bastones y asegurar bien cada paso para no resbalar. Ojo: un descuido en esta zona del embudo puede enviarnos 50 metros más abajo antes de que podamos darnos cuenta.

Al salir del embudo veremos unas rocas: la de la izquierda, la más grande, es la que se conoce como El Caramelo, que superamos antes de buscar la cresta que nos llevará a la cumbre. Si el día es claro nos sentiremos los reyes del mundo desde el vértice geodésico: distinguiremos claramente los perfiles nevados de Sierra Nevada, la Sierra de Castril, Taibilla, Revolcadores, María... Y si no hace viento podemos tomarnos un respiro para comer algo antes de iniciar el descenso, que hay que abordar sin prisas porque las caídas en la montaña se producen casi todas bajando.

Si se guardan las debidas precauciones, el ascenso a La Sagra depara sensaciones inolvidables que remiten a travesías alpinas o pirenaicas de mayor enjundia montañera. Y casi al lado de casa.

(Publicado en 'La Verdad' el 5 de diciembre de 2008)
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