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Otoño en la Sierra de Cazorla: cuando los ciervos braman
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Un venado en pleno esfuerzo. La berrea les deja exhaustos.

Un paseo de 20 kilómetros por el cauce del río Borosa escuchando la impresionante berrea

El frescor de Cazorla se huele desde Caravaca de la Cruz. O antes, casi desde Lorca. Cuando enfilamos el camino hacia estos bosques antiquísimos desde el interior de la Región, la formidable mancha verde que culmina en las sierras béticas comienza a acompañarnos desde La Paca en un viaje increíble que nos lleva por uno de los paisajes más bellos, solitarios y salvajes del sur de Europa: son más de doscientos kilómetros cortando el monte por carreteras estrechas que culebrean entre barrancos, ríos e interminables extensiones de pinos.

La serranía de Cazorla, Segura y Las Villas, donde osos, lobos y linces se disputaban las piezas de caza con el hombre cuando estas tierras pertenecían al Reino de Murcia, es ahora el mayor espacio protegido de Europa. Y este inmenso parque natural enclavado entre Jaén, Granada, Albacete y Murcia se convierte en los primeros días del otoño en un clamor de bramidos.

El celo de los ciervos, la berrea, llena el aire de tensión, fuerza desatada y un sonido sordo que pone los pelos de punta. A partir de las siete de la tarde, cuando decae la luz, los venados inician su ceremonia bestial, exhibiéndose ante las hembras y retando a otros machos con su potentísima llamada. Y la sesión de lucha y apareamiento no termina hasta que amanece.

La berrea cruza los montes y valles de Cazorla a los cuatro vientos, pero el curso del río Borosa es uno de los lugares más bellos para sentir su fuerza. Esta excursión nos permite penetrar en el corazón del parque en un recorrido exigente de unos 20 kilómetros, ida y vuelta, que no nos llevará menos de seis horas de camino.

Nuestra ruta se inicia junto a la piscifactoría que hay cerca de la Torre del Vinagre -centro de interpretación de este espacio natural-. No hay pérdida posible, porque el camino, ancho y cómodo para andar, marcha siempre junto al río. En los primeros kilómetros vemos cómo se unen al cauce las aguas del arroyo de Las Truchas y nos encontramos varios tramos con pozas donde darnos un baño, en una zona en la que nos aportarán sombra los fresnos y los quejigos.

A unos cinco kilómetros, entre sauces y ejemplares de boj, llegaremos a la Cerrada de Elías, donde el río se encajona en un desfiladero equipado con una pasarela volada de madera que nos deja adentrarnos en su rincón más secreto.

Más adelante desagüa en el Borosa el arroyo del Tejo, poco antes de que alcancemos la central eléctrica de Los Órganos. A partir de aquí el camino se estrecha y se empina, buscando la base del Picón de Haza. Avistaremos la cascada del Salto de los Órganos y nos veremos obligados a utilizar dos pequeños túneles -es importante llevar una linterna o lámpara frontal- antes de llegar a nuestro objetivo: las lagunas de Aguas Negras y Valdeazores, un lugar misterioso y fascinante.

Es importante guardar fuerzas -y algo de comida- para el regreso, que se hace por el mismo camino. Si nos coge el atardecer en las lagunas veremos cómo bajan a beber gamos, muflones y machos monteses. Y nos sacudirá a cada momento el lamento profundo, bronco e interminable de los grandes venados.

(Publicado en 'La Verdad' el 29 de septiembre de 2006)
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