Águilas y Parque Regional de Cope-Calnegre
La ancha espalda de Cope
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El interior secreto de Cabo Cope, un espacio tranquilo y apenas transitado que no se ve si no se sube a la montaña.

Recorrido por el sorprendente interior del cabo aguileño, un laberinto de lomas y ramblas

Cabo Cope no es sólo el perfil afilado de un saurio de piedra que parece dormir la siesta eternamente. Hay quien piensa que desde esos escarpes rocosos hay una peligrosa caída a plomo hasta el mar, pero eso es porque nunca se han tomado la molestia de subir a lo más alto de una montaña que supone un pequeño mundo perdido a pocos metros de la bulliciosa urbanización aguileña de Calabardina.

Quien se anime a explorar esta fortaleza natural se encontrará con una sorpresa inesperada: llegaremos a la cumbre y no veremos el mar, sino que tendremos a nuestros pies una amplia hoya por donde discurren ramblizos y crecen higueras y acebuches.

Un espacio extenso y abierto donde no llegan los ruidos de los coches y por donde corren los conejos y las perdices. Sigan apuntando: también hay tortugas moras, ¡jabalíes!, y anidan el águila perdicera, el búho real y el halcón peregrino.

Inciso necesario: casi produce vergüenza que un espacio natural de esta categoría quedase a salvo in extremis de la urbanización, protección que no han tenido –lamentablemente– las playas de La Marina, destinadas al dudoso honor de albergar el mayor complejo turístico de Europa –pero qué catetos somos–.
En fin, vamos a lo nuestro. Empaparse con este paisaje excepcional es sencillo: dejamos el coche junto a la torre defensiva de Cope –siglo XVI– y enfilamos el cabezo por una senda señalizada que nos lleva hasta el Cerro de las Cabricas, donde se documentó un poblado de la Edad del Bronce.

Aquí tomamos aire contemplando, hacia el este, una vista que puede tener los días contados: la extensa sucesión de calas –aún vírgenes– de La Marina de Cope, Puntas de Calnegre y, si el día es claro, Puerto de Mazarrón, Peñas Blancas y Cabo Tiñoso.

En este punto afrontamos una subida empinada buscando un sendero apenas marcado entre las matas de esparto que nos situará en la cuerda de la montaña. Una vez en la arista comenzamos a darnos cuenta de la magnitud del cabo.

Ahora cumbreamos por un terreno irregular, siempre por la cresta y a veces peligrosamente cerca del abismo que se abre a nuestra derecha, donde vemos la carretera que va de Calabardina a la torre. Enseguida llegamos al vértice geodésico que marca la cima –249 metros–, más o menos en un punto intermedio de la loma.

Ahora podemos bajar por un ramblizo al ombligo del cabo, o bien descender por la línea de cumbres hasta el otro extremo de la montaña. Cuando alcancemos un pináculo de piedra seguimos rodeando el monte hacia la derecha y regresamos llaneando durante un par de kilómetros hasta la torre por un camino que se abre a media ladera.

(Publicado en 'La Verdad' el 6 de junio de 2008)
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