Águilas y Parque Regional de Cope-Calnegre
La montaña mágica
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Panorámica de la Marina de Cope desde el cabo, con el Lomo de Bas de fondo.

Cabo Cope es una mole tocada por la magia y las leyendas

Una de piratas para este fin de semana, ¿o es que no tiene usted hijos, sobrinos pesados, primos en la edad del pavo o algún ser humano próximo que esté preso del estrés y la tecnología y necesite un poco de aire puro? Achine los ojos y lea con atención, porque lo que sigue le interesa.

Nos vamos nada menos que a Cabo Cope –¿sigue siendo parque regional?–, en la salvaje costa de Águilas, escenario histórico de violentos abordajes de piratas berberiscos, que asolaban con sus razzias –al diccionario, amigos– la Marina de Cope cada tres por dos entre los siglos XV y XVII. Y también un lugar tocado por la magia, considerado como espacio geográfico de culto por los estudiosos del esoterismo.

En fin, al grano: vamos a hacer un recorrido sencillo e inolvidable a partir de la torre defensiva de Cope –junto a la cual podemos aparcar el coche– que nos va a llevar a encaramarnos a la cumbre del cabo, desde donde se domina el golfo de Mazarrón y la costa de Argelia si el día es claro y sus prismáticos son potentes –con Zeiss o Swarovski no fallará–.

Caminamos en dirección al cabo, pasamos junto a los restos de una ermita y ante un chalé colgado sobre el acantilado –¡qué envidia!– antes de alcanzar el área de recreo donde nace nuestro sendero. La vereda, señalizada y bien visible, la marcó hace unos años la Escuela Taller del Ayuntamiento de Águilas y llega hasta el Cerro de las Cabricas, que guarda los vestigios de un poblado de la Edad del Bronce.

En este punto, en dirección oeste, la senda se precipita por la izquierda hacia la costa para llegar, en menos de un kilómetro, hasta las inmediaciones de una cueva donde se hallaron importantes restos prehistóricos.

Es una cavidad bellísima, con lagos interiores y comunicada con el mar por un sifón, pero peligrosa y de difícil acceso, así que conviene cerrarnos a otras dos opciones: si vamos con niños, lo mejor es volvernos desde el Cerro de las Cabricas, y si somos tipos duros podemos ascender a lo alto del macizo –todo recto y hacia arriba– y continuar por el paisaje lunar de su interior –una vasta extensión surcada por una rambla donde crecen los acebuches– hasta llegar a Calabardina, al otro lado del cabo.

La primera opción son apenas tres kilómetros de camino –ida y vuelta– que se hacen en poco más de una hora. La segunda, unos 7 penosos kilómetros, puede llevarnos más de cuatro horas. Sea cual sea su plan, no le será difícil distinguir ejemplares de sabina negral entre la cornicabra, el espino negro y el romero. Para reconocer las currucas zarceras y las pardelas quizá necesite una buena guía de aves.

(Publicado en 'La Verdad' el 20 de mayo de 2005)
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