Miguel Ángel Ruiz Parra. Informo sobre medio ambiente. También opino y creo que me mojo, pero prefiero aportar datos y documentos. Entre el campo y la redacción, siempre persiguiendo noticias. Soy jefe del área de Sociedad y Cultura de La Verdad.




Del Mojón a Cuatro Calas a remo
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28.08.15 - MIGUEL ÁNGEL RUIZ
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El autor del texto, durante la travesía. En la primera fotografía, en el inicio de la singladura, con La Manga e Isla Grosa al fondo. En la segunda, en Matalentisco (Águilas), a punto de terminar su viaje.

Tres días de travesía en kayak por el litoral de la Región de Murcia

Tres días remando a lo largo de la costa de la Región de Murcia. Dicho de otro modo: 135 kilómetros en kayak disfrutando de un litoral bellísimo, pero también tomando nota de los desastres que han arruinado lugares que hoy podrían ser enclaves únicos (La Manga, ¿os suena?). Una pequeña o una gran aventura, según se mire, y sin duda un viaje interesante. También al interior de uno mismo. Aquí os dejo el relato de esa travesía, que realizó a principios de este mes mi hermano Juan, maestro, antropólogo y escritor ('El mundo simbólico de los pescadores de Águilas'). También un gran deportista, un amante de la naturaleza y un tipo divertido que siempre me sorprende con una mirada inteligente y curiosa sobre casi cualquier asunto (líbranos Señor de los pelmazos). Son más de 6.000 palabras, pero os aseguro que vale la pena leerlo. Os vais a divertir y seguro que aprendéis algo. Compartiendo este texto me saco en parte la espina que llevo clavada por no haber podido acompañarle.

 

La costa de Murcia en kayak

Por Juan Ruiz Parra (Juanrparra_4@hotmail.com)

 

Primera etapa: del Mojón a El Portús

Lanzarse a navegar en una cáscara de nuez, sin importar el estado del mar, es un placer sublime. Más o menos esta es la tesis que defiende Miliki en una de sus canciones infantiles. La letra dice más concretamente: «Navegar sin temor/en el mar es lo mejor/no hay razón para ponerse a temblar/Y si viene negra tempestad/reír y remar y cantar».

Motivado sin duda por el mensaje de esta canción, que he enseñado a mis alumnos durante varios cursos, decidí recorrer en kayak la costa murciana de parte a parte, en toda su longitud. Durante los días 6, 7 y 8 del mes de agosto, he tenido la suerte de conocer un paisaje litoral diverso y espectacular, y que asombrosamente aún mantiene en extensos tramos un buen estado de conservación -aunque es de justicia excluir de este aserto la atroz devastación perpetrada en La Manga-. En total han sido unos 135 km, los que separan El Mojón de San Pedro del Pinatar de Punta Parda, en el extremo occidental del término municipal de Águilas –el confín del litoral murciano en su límite con Andalucía–.

El periplo, a priori, no presentaba más dificultades que las que podían sobrevenir por el desconocimiento del comportamiento de las olas o las corrientes en determinados puntos del recorrido, mala mar repentina…. Estos aspectos, que en principio podrían concebirse como fuerzas indómitas y fuentes de tensión, ninguna persona con verdadero sentido de la aventura querría mantenerlos sumisos a su voluntad y que fuesen previsibles. Todo lo contrario: por más que se sepa que su signo será el que determine nuestro grado de seguridad, nos complace desconocer con qué humor amanecerá el ponto o qué trampas nos deparará en el trayecto. Porque sabemos, por una necesidad psicológica y quizá un tanto pueril,  que el recuerdo y la intensidad emocional que conservaremos de la experiencia en buena medida mantendrán una relación directa con las dificultades que hayamos sabido superar, el arrojo y la habilidad con los que les presentemos batalla. Siempre, claro está, que podamos sobrevivir para contarlo.

Decisiones como dónde comer o dormir, con qué frecuencia echarse crema protectora en la nariz y las orejas, cuánto remar cada día…, es decir, el abc de la logística viajera, dependerán de una buena organización y de la dosis de sensatez que invirtamos. En mi caso, en algunos momentos he de reconocer que esa dosis pudo pesarse en miligramos.

Como decía, di la primera palada el jueves día  6 a las 8.30 horas en El Mojón de San Pedro del Pinatar. Al llegar encontré a una pareja de la Guardia Civil, a la que pregunté dónde estaba el límite administrativo exacto entre los reinos de Valencia y Murcia, y como me contestaron resueltamente y con seguridad marcial señalando el letrero que había en un chalet («Donde pone Lola es Murcia; de ahí para la derecha, Alicante»), ya supe donde echar la nave.

Mis intereses en relación a los vientos eran justamente los contrarios a los de Odiseo en su regreso a Ítaca, así que lo que a mí me convenía era que Eolo los mantuviera bien encerrados y no dejara ninguno suelto. Comoquiera que fuese, y aseguro que no inmolé a ninguna víctima humana a pesar de ser una ocasión apropiada para quitarse a alguien de en medio, el dios del viento me favoreció permitiéndome disfrutar de una superficie marítima mansa y tranquila, adecuada para el desplazamiento de un tipo de embarcación que, si se movía, era porque todo lo cenado la noche anterior y el desayuno estaba transformándose en energía cinética con cada palada.

El día amaneció plomizo, pero en principio pensé que era un factor que me favorecía, dada la larga jornada que aún tenía por delante. Luego eché de menos el sol y que los colores se apartaran del gris uniforme que todo lo envolvía. Manga larga, pantalón hasta los tobillos, una gorra con cortina para la nuca y una crema que al secarse sobre mi cara me daba un aspecto fantasmagórico –como más tarde pude comprobar–, constituían todos mis recursos para combatir las radiaciones solares.

De este modo dirigí la proa hacia la escollera del puerto de San Pedro, primera referencia física que vislumbraba ante mí en el horizonte. Al doblar el espigón que discurría paralelo a la costa, decidí acercarme a la playa de la Barraca Quemada para colocar bien las aletas, que se deslizaban peligrosamente hacia estribor. En este lugar pude comprobar que no era yo el único aventurero madrugador, pues una pareja estaba haciendo el amor con entusiasmo en el agua. Yo, discretamente, me situé a cierta distancia y me esforcé en no mirar, pero creo que los cien metros que nos separaban, más que provocar el cese de la  actividad, les proporcionó un anonimato que les animó a desplegar una serie de artificios amatorios sobre los que considero no debo dar detalles.

Todavía un poco conmocionado por haber presenciado aquel despliegue de vitalidad, tras superar la zona de las Salinas de San Pedro inicié el segmento que corresponde a la zona norte de La Manga. Su límite está en los Esculls del Estacio, donde se encuentra el canal artificial que parte la Manga en dos y que une el Mediterráneo con el Mar Menor –origen de muchos de los problemas medioambientales que sufre hoy en día la laguna interior– y el Puerto Deportivo Tomás Maestre.

Confieso que al principio tenía un deseo morboso por recorrer desde el mar, lentamente, palada a palada, el ominoso muro de hormigón que se extiende de extremo a extremo de este singular accidente geográfico. Sin embargo, el prurito inicial pronto se transformó en indignación por la inconsciencia, la insensibilidad, la avaricia, la cortedad de miras de tantos y tantos gobernantes, empresarios y ciudadanos de a pie. Doy fe de que fueron aproximadamente 26 km de tortura visual.

Dejado atrás este monumento a la sinrazón, me planté delante del precioso faro de Cabo de Palos. Su silueta la estaba viendo recortada enfrente de mí  casi desde el principio de la travesía, pero, como por ensalmo, parecía que la misma brisa que me entraba por la popa lo alejaba cuando yo pensaba a cada instante que me faltaba poco para llegar hasta él. Es conocido entre los aficionados a la navegación lo difícil que resulta calcular las distancias cuando ves un objeto situado en la lejanía, lo que provoca a veces un franco desasosiego. Conclusión: no se deben establecer metas lejanas, sino que los hitos de referencia tienen que estar a una distancia moderada. Hay que ir partido a partido.

Pero, a lo que íbamos: una vez alcanzado, se alzó ante mí imponente y majestuoso, y me resultó fácil imaginar el alivio que sentirán los marineros al ver sus guiños de luz abriéndose paso entre la bruma cuando buscan abrigo en medio de un fuerte temporal. Las víctimas del Sirio, transatlántico que se hundió a principios del pasado siglo frente a las costas de Cabo de Palos y que aún yace en sus fondos, probablemente fue el faro una de sus últimas visiones antes de que el mar los acogiera para siempre.

Cuando doblé el promontorio donde se asientan los magníficos 81 metros de altura del faro, sentí que se inauguraba una nueva etapa del viaje, pues dejaba atrás una costa profundamente humanizada para encarar la atractiva sucesión de calas y acantilados del Parque Regional Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila, y de la Sierra de la Fausilla. Justo antes de Punta Negrete, en Playa Larga, decidí parar por primera vez para comerme uno de los bocadillos que llevaba en el bidón estanco.

Al varar el kayak en la arena me di cuenta de que algo ocurría en mi anatomía. Llevaba remando siete horas de forma ininterrumpida y mis glúteos y la parte externa de los cuádriceps estaban tan rígidos que apenas me sostenían en pie. Se habían acomodado tan bien a la estrechez del espacio que les ofrecí al comienzo de la mañana que parecían haberse olvidado de cuál era su cometido. Solo fue al día siguiente cuando ideé una forma de estirar toda esa zona para aliviarla de la tensión acumulada. Para los interesados: descolgando las piernas por ambos lados y abatiendo el cuerpo hacia adelante, como si quisiéramos fundirnos en un abrazo amoroso con nuestro barco, se sienten músculos que poco antes habíamos olvidado que existían.

Reiniciado el viaje sobre las 16.30 horas, ya en las primeras paladas empecé a meditar sobre si debía dormir en la bahía de Portmán o sus cercanías –lo que había previsto en un principio y parecía lo más razonable–, o si, por el contrario, merecía la pena intentar algo mucho más arriesgado: llegar ese mismo día al camping naturista de El Portús y hacer un buceo nocturno en pelotas con la ley de mi parte –detalle, por otro lado, que no me importaba lo más mínimo–.

Pronto mis dudas quedaron disipadas, porque al poco divisé las jaulas de la piscifactoría situada junto a la bahía de Portmán. Eché un vistazo al panorama que se me ofrecía y concluí inapelablemente para mis adentros que no me apetecía dormir sobre los estériles mineros que colmatan la ensenada. Junto al bulevar de edificios que se levanta en La Manga, Portmán constituía el segundo de los graves atentados ecológicos que presenciaba en el litoral murciano. Sin embargo, no sería ésta la última cuenta del collar de desmanes medioambientales.

Pues lo dicho: una vez franqueado este lugar, la única alternativa para dormir y poder comprar algo de comida antes de El Portús era la misma Cartagena, pero como no creí muy apropiado avisar al práctico del puerto para que arrastrara mi embarcación como hace con los buques de carga, ni estaba por la labor de atracar junto a algún transatlántico por aquello de los agravios comparativos, decidí aplicarme a fondo y remar vehementemente con mi pala de carbono recién estrenada rumbo al despelote de El Portús.

El problema estribaba en que el mapa que llevaba cuidadosamente plastificado me decía sin equívoco alguno que aún me restaba por recorrer un tramo de costa casi tan largo como el que llevaba hecho hasta el momento. No me importó, porque la voz de Miliki de nuevo resonó en mi interior: «Navegar sin temor/en el mar es lo mejor/no hay razón para ponerse a temblar…». Pero por desgracia también recordé otra estrofa: «Un mosquito sin miedo va en él/muy seguro de ser buen timonel…», y fue esta parte concreta de la canción la que hizo que me asaltaran las dudas. No tenía ningún inconveniente en identificarme con un mosquito, pero otra cosa era tener la seguridad de ser un timonel con el bagaje suficiente.

En cualquier caso, el kayak empezó a levantar más espuma por la popa, señal de que había conseguido aumentar la velocidad. El sol estaba acercándose peligrosamente a la línea del horizonte y yo empezaba a efectuar un movimiento inverso al de Drácula en la película de Coppola, cuando los gitanos fustigaban con fiereza a los caballos para poder llegar al castillo antes del amanecer. El chupasangres temía que el sol lo dejara más seco que la mojama, y yo que con la noche acabara en el estómago de una ballena, como le pasó a Jonás.

Antes de lo deseado, la noche, como diría el poeta, empezó a cubrir todas las cosas con su manto, lo animado y lo inerte. A esas alturas del día había conseguido sobrepasar el Cabo del Agua y la dársena de Escombreras y me encontraba iniciando la travesía de la bahía en cuyo fondo empezaban a encenderse las luces de Cartagena. Con sentido práctico, antes de que la oscuridad fuese total, decidí establecer hitos orientativos en la costa lejana que me sirvieran de referencia. De este modo, pensé que lo mejor era dirigirme en línea recta hasta la isla de las Palomas, para desde allí trazar después otra línea que me llevara a El Portús.

Creí haber ideado un plan exitoso. El sol ya solo se adivinaba tras la Sierra de Pelayo, el mar continuaba en calma y los glúteos, aunque doloridos, me permitían sentir la satisfacción de estar próximo a la culminación de un día triunfante. Empezaba a creer que sin duda era como aquel mosquito seguro de sí mismo de la canción. Pero, ay, los dioses del mar, si no han recibido las debidas ofrendas, no permiten que en su reino las cosas resulten tan sencillas.

Empujé con brío el kayak en dirección a la isla y me extrañó que un gran buque estuviera fondeado tan cerca de ella. Visualmente formaban, a lo lejos, un mismo plano. Pero como al cerebro en esas circunstancias le convenía mantenerme engañado y en ese estado de euforia pasajera, hizo que olvidara lo que antes he explicado de lo engañosas que resultan las distancias en el mar. De este modo, cuando llegué donde se encontraba el barco de transporte después de una hora de palear fuerte, comprobé con no poca congoja que la misma distancia recorrida era la que aún existía entre el buque y la isla. Pues nada, pensé, a apretar los dientes y a abrir las pupilas como un búho para escudriñar los bultos de la costa.

El sol hacía rato que se había sumergido en el Hades. La noche se mostraba serena y la quietud del entorno permitía que el leve chapoteo de los remos armonizara con los sonidos de unas aves que, a mi paso por la isla, levantaron el vuelo con suavidad para acompañarme durante un trecho. Su silueta se recortaba sobre mi cabeza en un cielo azul oscuro. Superada la isla, ya solo faltaba girar la proa el ángulo preciso para dirigirme a la pequeña ensenada donde se encontraban, según mis cálculos, el pueblo de El Portús y el camping naturista del mismo nombre, separados ambos únicamente por unos peñascos costeros. Aunque estaba resultando una jornada realmente larga, todo se desarrollaba según lo previsto.

Me imaginaba a punto de cruzar la meta rompiendo la cinta con el pecho, pero me di cuenta de que algo no cuadraba. El Portús tiene luces, lo sabía, pero yo no veía nada y la isla había quedado atrás hacía rato. Al chapotear con el agua, los remos provocaban burbujas luminosas, conocidas por los pescadores como arda, pero yo no estaba entonces para lirismos. Aquella referencia costera que había elegido y a la que me dirigía cada vez con menos aliento y certeza, no había forma de que se acercara, o al menos que permitiera que yo me acercara a ella, que no es pedir demasiado. La cosa comenzaba a ponerse más oscura que la densa noche que me rodeaba. Puse a mano la linterna submarina por si algún barco decidía hacer diana conmigo en medio de aquella inmensidad.

Sin embargo, cuando ya pensaba que había metido la pata hasta la ingle, divisé en la costa una luz muy tenue. Pensé que podía ser un barco, pero de pronto apareció junto a ella otra de la misma intensidad, y luego otras más… Yo estaba convencido de que El Portús estaba situado más adelante, pero no me quedaba otra que comprobar qué era aquello y probar suerte. Si al final era la flota norteamericana en comandita, pues me quedaba la opción de pedir asilo o seguir costeando con la seguridad de que de esa forma El Portús no se me escaparía. El precio era tener que hacer por el intento algún kilómetro de más, y en esos momentos no andaba sobrado de cash. «…y si viene negra tempestad/reír y remar y cantar». Ole tus h…, Miliki.

Bueno, pues sí que era El Portús. Me costó alcanzar la costa lo indecible, pero cuando conseguí que fluyera por los glúteos y las piernas algo de sangre y saqué el kayak hasta la arena, la mente, tramposa como siempre, hizo que se me olvidaran las penurias recién vividas y sólo me concentrara en dar una profunda bocanada de aire marino, me despojara rápidamente de todo lo que llevaba y me lanzara en bolas a un agua que nunca antes me pareció más transparente. Me bebí casi de un trago dos cervezas que compré en el bar, me comí el bocadillo que me quedaba y me metí en el saco feliz como un niño. Había llegado a las 22.25 horas tras remar unos 68 km –más o menos la mitad de toda la costa– invirtiendo para ello unas doce horas y media.

Pero la noche aún me depararía alguna sorpresa. En el otro extremo de la playa un grupo numeroso de veinteañeros  organizó una memorable fiesta nudista –inolvidable para ellos probablemente, pero seguro que para mí sí lo será, aunque por diferentes motivos–. El caso es que después de dar alguna cabezada intermitente y sin posibilidad de dormir, a las 02.30 horas de la noche decidí lanzarme al agua para hacer un buceo nocturno y también nudista, como todo lo que me rodeaba. Me metí en el saco una hora después, agradecido por haber coincidido con aquel sarao, que al salir del mar estaba en su clímax, pues el buceo fue espectacular. Ninfas, tritones, náyades, sirenas e hipocampos siguieron a lo suyo, por no sé cuánto tiempo más, celebrando la fiesta de la vida.

No sé cuánto logré dormir –posiblemente no más de tres horas–, pero me desperté ufano a las siete y pico y más fresco que una flor fresquísima. Me di una vuelta por el camping para intentar comprar algo de comer pero todo estaba aún cerrado. Como conseguí comprar dos botellas de agua en una máquina expendedora, me zampé un plátano que me quedaba y una barrita, y mientras los primeros cuerpos desnudos de los campistas empezaban a llegar a la playa, sobre las 8.30 horas, de nuevo convertido en un bereber marítimo, me dispuse a alejarme de aquella playa virginal. El mar seguía sereno.

Segunda etapa: de El Portús a Calnegre

Lo primero que hice fue comprobar adónde estaba dirigiéndome en mi confusión de la noche anterior, y pude constatar que, de haber persistido en el error, la placidez que sentía al evocar la cerveza, el buceo nocturno, el sonido de las olas rompiendo a dos metros de mis pies durante la noche… las habría sustituido probablemente por desazón, miedo, incertidumbre y no sé cuántas indeseables sensaciones más.

Decidí cruzar en línea recta el espacio comprendido entre el Portús y Cabo Falcón –la parte oriental de Cabo Tiñoso–, pues estaba deseando bucear en el entorno del arco de piedra que se encuentra en el cabo y luego entrar en el lago submarino que se halla cerca del mismo. Dejé el kayak en un abrigo natural del acantilado y, esta vez con bañador, disfruté de nuevo de un buceo de lo más placentero. Hice unas cuantas fotos en el lago, al que sólo se puede acceder buceando y que está bajo una cúpula sin comunicación alguna con el exterior, que en algunos puntos puede llegar a medir 8 o 10 metros de altura, y volví al kayak. Sorteé en el trayecto unas cuantas medusas y, tras fijar bien los pertrechos en la cubierta de mi Argos particular, me dispuse de nuevo a seguir remando.

Pero todo estaba resultando demasiado fácil en la mañana que acababa de empezar. Al subirme al kayak se me cayó la cámara fotográfica, y al meter la pierna en el agua para recogerla, una medusa –quizá enviada a modo de sicario por Poseidón– aprovechó para abrazarme el tobillo con sus flagelos y aplicarme con saña los nematocistos. El resultado es un precioso tatuaje natural consistente en tres líneas paralelas a la altura de donde suele terminar el calcetín. Pocas tasas estoy pagando por surcar el piélago a pesar de todo, reflexioné. Sigamos con sigilo y sin alborotar mucho.

Recorrer Cabo Tiñoso casi rozando con el casco los farallones que se desploman verticales hasta el mar desde alturas estelares, sin duda deja huella. Yo había estado allí en varias ocasiones, pero la experiencia siempre me resulta nueva y emocionante. No entré en Cala Cerrada, seguro refugio para navegantes poco experimentados, pues quería economizar tiempo. Así que desde la Punta de la Azohía, en el extremo occidental de Cabo Tiñoso, decidí emprender una travesía en dirección a Punta Negra y La Isla, pertenecientes ambos al término municipal de Mazarrón. Fue una hora y cuarenta y cinco minutos de tortura psicológica por aquel verificado fenómeno de que en el horizonte las cosas se alejan por sí mismas.

En la populosa playa de Bahía, frente a La Isla, pedí a una familia extensa –compuesta por varios varones y hembras de diversas edades y una muchedumbre de críos– que si eran tan amables echaran un ojo al kayak mientras que yo me avituallaba –en realidad les dije que iba a comprar comida–. En el intercambio de bromas y frases amables que establece el protocolo, la última que oí mientras me alejaba fue: «No te preocupes que nos llevaremos todo». Como es natural, la escuché con una sonrisa, pero mientras me distanciaba pensé si no sería una seria advertencia. No hubo sorpresas al regresar, aunque alrededor de su campamento y en torno al kayak no encontré a nadie. Su amabilidad también había sido protocolaria. Durante el recorrido a la tienda y mientras compraba la barra de pan y todo lo demás, por el modo en que me miraba todo el mundo empecé a sospechar que mi aspecto empezaba a sufrir un cierto deterioro.

Me comí un bocadillo con la voracidad de un náufrago y reemprendí la ruta. Llegué hasta Bolnuevo y de pronto me percaté de que el día anterior no había iniciado siquiera las maniobras para practicar la siesta, y aprovechando el sopor que empezaba a sentir decidí rectificar mi negligente comportamiento y buscar un lugar apropiado. En una playa minúscula que hay enfrente de Isla de Cueva de Lobos, encontré un lecho regio para un peregrino del mar como yo. En una cueva alfombrada de pequeños guijarros, que por su tamaño más parecía un nicho mortuorio, haciendo reposar ambas manos sobre el pecho descansé en paz durante veinte minutos.

Mi destino era Punta de Calnegre, donde había quedado con mi moza para pasar la noche. Desde Bolnuevo hasta la localidad lorquina se suceden numerosas calas y algunos playazos en su último tramo: cala Leño, playa del Hondón del Fondo, playa de las Covaticas, playa de Percheles…  Es una parte del litoral murciano que hasta ahora se ha librado de los atentados del ladrillo y por este motivo se considera costa virgen –sobre todo en la parte que coincide con la Sierra de las Moreras–, aunque los invernaderos en algunos puntos parecen empeñados en asentarse sobre la misma arena de las playas.

Llegué al pequeño poblado sobre las 19.30 horas tras recorrer unos 40 km. El trayecto del segundo día era sensiblemente menor que el del día anterior, hecho que me reafirmó en la idea de que ocasionalmente actúo con el impulso de una acémila.

Dejé el kayak enfrente de los bares que se sitúan a pie de playa y me dirigí a un pequeño colmado para comprar el desayuno del día siguiente, embutido y otras cosas. Entonces sí que fue firme mi convicción de que mi apariencia tenía que ser a esas alturas poco convencional; o repulsiva, por qué no decirlo en toda su crudeza. Hombres con aspecto de estar bregados por la vida se apartaban de mi camino con cara de espanto y evitaban cruzar su mirada con la mía. En la tienda me atendieron con una impersonalidad inusual y, por supuesto, sin que nadie me mirara a los ojos. Fue al salir por la puerta y ver mi imagen reflejada en el cristal de la puerta cuando comprendí todo, e incluso me compadecí de todos aquellos que me habían visto.

El pantalón, originalmente de un azul claro, era ahora estampado y sus manchas recorrían buena parte del espectro cromático del arco iris. La camiseta, de manga larga, cuando me la puse el día anterior también era azul, aunque de un tono azul más oscuro que el del pantalón; ahora tenía por todos lados restos blanquecinos de la crema solar que mentes perturbadas podrían interpretar de distinta procedencia. En ambas prendas estaban adheridas tanto algas resecas de la jornada pasada como frescas y goteantes de unos minutos atrás que se pegaron al varar el kayak. Pero fue mi cara, como he apuntado, la que hizo que yo mismo diera un respingo.

Desde el principio quise ser disciplinado en la aplicación de la crema solar, sobre todo en la cara. Al echármela no la extendía mucho y la piel no la absorbía, de modo que si pasaba un tiempo sin bañarme, las distintas capas se resecaban y se superponían unas a otras. Eso fue lo que ocurrió al llegar a Punta de Calnegre. Lo que vi reflejado en el cristal fue a un aborigen australiano que se hubiera pintado la cara tras una buena cogorza.

Cuando llegó mi mozuela, trasladamos el kayak al lugar de la playa donde pensábamos dormir, a unos 60 o 70 metros de los cuatro bares que estaban adosados unos a otros sin solución de continuidad. A continuación, nos sentamos en una mesa al borde del mar y dimos cuenta de una docena de sardinas recias como tiburones. Cercana ya la finalización del viaje, parecía que la austeridad vivida hasta el momento empezaba a quedar atrás como lo hace la estela que deja el kayak en su avance.

Mientras cenábamos, unos músicos montaban el equipo que utilizarían en la actuación que daría comienzo poco después. Malo, pensé; empiezan a torcerse de nuevo las cosas. Otra noche de chunda chunda y poco sueño. Intenté enfrentarme con estoicismo a lo inevitable, pero en ese momento no podía imaginar las dimensiones del fenómeno que se desencadenaría un poco más tarde.

Al terminar nos fuimos a los sacos, situados como dije a corta distancia, y cruzamos los dedos deseando que por lo menos no nos rompieran los tímpanos y que la música no se basara en el repertorio de Camela. Lo primero no se cumplió: los amplificadores parecían los mismos que llevaban los Rolling Stones en sus conciertos y hacían vibrar hasta las piedras del cercano Lomo de Bas. Pero la calidad de la música realmente no nos decepcionó. El cantante tenía un estilo aflamencado con el que interpretaba con solvencia las versiones de varias canciones conocidas.

Pero mi pareja y yo, ya metidos en la harina crítico-musical, pronto nos percatamos de que la segunda voz que se escuchaba iba un poco a su aire, tanto en el ritmo como en la melodía. Estuvimos sin entender muy bien qué pasaba durante un par de canciones, pues el grupo no parecía malo. Pero fue en la tercera o cuarta canción cuando descubrimos que realmente no se trataba de una segunda voz, sino que en uno de los otros bares había otro grupo cantando al mismo tiempo y con la misma estruendosa potencia de sonido. No nos lo podíamos creer porque no podían estar separados entre sí más de treinta metros. Lo descubrimos porque empezaron a terminar las canciones en momentos diferentes. En el paroxismo de esa situación tan surrealista, en varias ocasiones uno de los grupos empezaba a interpretar la misma canción que el otro acababa de terminar. Llevaban casi los mismos repertorios pero en distinto orden. A pesar del implacable ataque que padecieron nuestros tímpanos, la cadena de huesecillos, el nervio auditivo y todas las neuronas encargadas del acto de la audición, al final, no sé bien cómo, pudimos quedarnos dormidos.

Tercera etapa: de Calnegre a Cuatro Calas

El día amaneció con un ligero viento de levante que arreciaría en el transcurso de la mañana. Era la tercera jornada del viaje y ya solo me faltaba culminar el plan establecido. Desayuné y tras darle un beso de tornillo a mi moza, comencé a palear a las 8.15 horas. Ahora me adentraba en un espacio hodológico –yo soy natural de Águilas y conocía bien ese tramo de costa–, por lo que las distancias las interpretaba de modo distinto y en función de la experiencia acumulada: a veces eran de un transcurrir lento y otras los accidentes costeros quedaban atrás con una rapidez inusitada.

El mar sería uno de los protagonistas del último día. Para mucha gente el mar es un paisaje monótono, uniforme, de una continuidad igual a sí misma. Qué alejado está este pensamiento del que albergan los que sienten pasión por él y lo conocen. El habitante de un pueblo costero aprende pronto a discernir sus infinitos matices. Esto no implica que logre dominar por completo su lenguaje. Cada día el mar se nos presenta como un texto escrito con un código misterioso que nunca se consigue descifrar del todo. Ni siquiera los pescadores más experimentados, después de estudiar el viento, la humedad, el vuelo de las aves… se aventuran a dar un parte seguro sobre su estado venidero. Las olas, la turbidez de las aguas, las corrientes… siempre se mostrarán diferentes de una ocasión a otra pese a que los signos en que se basa la observación sean idénticos. A mí, sin duda alguna, me agrada la idea de ser un aprendiz perpetuo en mi relación con el mar.

Curiosamente, durante el trayecto de este último día quiso manifestarse de muy variadas maneras. Se mostró mucho más expresivo que las dos jornadas anteriores, como si quisiera, a su manera, despedirse de mí. El viento de levante, que en ese día era quien lo animaba, cincelaba el agua a su capricho. Unas veces traía olas largas y navegables; otras, encrespaba la superficie con picos de poca altura que provocaban que el kayak diera constantes brincos; otras más, las olas rompían alejadas de la costa y desmadejaban su espuma sin motivo aparente; y aun otras, las rachas soplaban con fuerza pero sólo lograban arañar la superficie.

Comencé a remar animado y de inmediato doblé la Punta de Calnegre, donde se encuentran una serie de playas que son el orgullo de todos los lorquinos. La enormidad del término municipal de Lorca también comprende un trozo de costa: desde la playa de Parazuelos hasta la playa de la Galera, límite entre los municipios de Lorca y Águilas. Un poco antes de ésta última se halla Cala Blanca, un precioso lugar con cuevas excavadas en la arenisca que sirvieron de refugio durante la Guerra Civil a los pescadores de Águilas, cuando los aviones del bando nacional sobrevolaban el casco urbano para bombardearlo. En la visera que cubre una parte de la cala anidan vencejos, mirlos, grajillas y otras aves. Pero antes de llegar hasta aquí se encuentra el cuartel de Síscar, y aún un poco antes, Cala Honda, playa a la que afortunadamente no se puede llegar en coche.

Al sobrepasar Cala Blanca, empecé a dejar a mi derecha las bellísimas y agrestes playas de Marina de Cope. Este enclave fue protegido hace unos veinticinco años –Parque Regional Cabo Cope-Puntas de Calnegre–, pero en 2001 el gobierno autonómico de turno decidió que ya no había nada que preservar en el lugar, y aprovechando la promulgación de una nueva Ley del Suelo, anuló la calificación protectora. En su lugar promovió una Actuación de Interés Regional (AIR) para la zona, que implicaba la capacidad de la Comunidad Autónoma para expropiar las fincas. Esta disposición legal tenía el objetivo de apoyar la construcción del que iba a ser el mayor resort de Europa, con 10.000 viviendas, hoteles de lujo, campos de golf, marina interior… Todo ello, como nos ha enseñado la experiencia en los últimos años, muy a propósito para cimentar en la comunidad un desarrollo económico duradero.

Aquel sensato y brillante proyecto del Gobierno regional desató una actividad febril de compra y venta de terrenos, e hizo que arribaran a la ciudad costera de Águilas tiburones de las finanzas de las más variadas especies. Llegaron enseñando las fauces como hacen los escualos cuando se arroja sangre por la borda. Había mucho terreno rústico por el que luchar.

Pero como en ocasiones se alinea la justicia con la Justicia, recientemente se produjo un fallo del Tribunal Constitucional dando la razón a los distintos recursos presentados y dejando sin efecto el AIR. La sentencia obligaba a restituir el Parque a sus límites primeros, bajo el razonamiento de que no había acaecido ningún cambio en sus valores ecológicos que justificara su desprotección. Elemental, querido Watson. El concepto griego de la anecúmene –o espacio no antropizado y despoblado, y tan necesario para la vida, añado yo–, parece horrorizar a nuestros gobernantes –sus motivos tendrán…–. Pero el frustrado resort nos ha dejado como huella indeleble la autopista de pago Cartagena-Vera (ya rescatada por el Estado con nuestros impuestos), construida ex profeso para facilitar el acceso a toda el área que se pensaba urbanizar.

Rememoraba todo esto mientras remaba cuando me di cuenta de que Cabo Cope se encontraba cerca. Custodiando la Ensenada de la Fuente, en la cara norte del cabo, se puede ver la torre defensiva que data del siglo XVI y que protegía la zona de la incursión de los piratas berberiscos. La silueta de la masa montañosa de Cope, para muchos, se asemeja a un dinosaurio tendido –en algún libro es nombrado como el Dragón Dormido–. Cabo Cope es un hito geográfico conspicuo y de un potente poder evocador para muchos aguileños, y las aguas para el buceo de su entorno atraen a aficionados de toda España. En la ensenada del Jardín, abierta a levante, se encuentra una cueva con restos de la cultura argárica.

Desde la Punta del Viento del cabo decidí emprender una travesía que me llevara a la isla del Fraile. Una hora me llevó el empeño. Pasé junto a las jaulas de engorde de doradas y lubinas, dejando a la derecha los acantilados de pizarra del Barranco de la Mar.

En la isla del Fraile paré para darme un chapuzón. Enfrente de la isla está la playa Amarilla o del Cigarro. Esta playa, aunque no se encuentra muy alejada del casco urbano de Águilas, al no tener hasta hace pocos años un fácil acceso –sólo se podía llegar por mar, trepando y destrepando acantilados o dando una caminata olímpica–, para unos pocos lugareños, entre los que me encuentro, era un lugar idílico. Ahora se ha convertido en un hervidero de sombrillas. La transformación se explica por el asfaltado del antiguo camino, que se practicó por obra y gracia de una espeluznante urbanización que se descuelga por la ladera de una montaña colindante. Si más arriba hablábamos del collar que estábamos formando con las cicatrices del paisaje que íbamos encontrando en el transcurso de nuestro viaje en kayak, la terrible herida infligida a la playa Amarilla constituye la última de las cuentas antes de llegar a territorio andaluz.

Desde la isla del Fraile se puede ver el embarcadero del Hornillo, un cargadero marino de minerales que construyeron los ingleses en los años en que explotaban las minas de la sierra Almagrera y otras cercanas. Me encaminé desde la isla al Pico de L´Aguilica y la Cabeza del Caballo, ubicados ambos en la montaña que limita por levante la bahía donde se encuentra el puerto pesquero; en el lado opuesto de esta bahía, por poniente, se halla un promontorio donde se asienta el castillo de Águilas, un lugar idóneo para disfrutar de unas espectaculares puestas de sol. Al otro lado del castillo, en dirección oeste, se encuentra la playa de La Colonia y un poco más allá la de Poniente, donde acaba el entramado urbano. El final de mi viaje se estaba acercando.

Desde donde me encontraba ya se podía atisbar en el horizonte Punta Parda, la frontera física y administrativa entre las comunidades de Murcia y Andalucía. Mi corazón se empezaba a acelerar al compás de mi remada. En la recta final de la travesía me desvié a la playa de Matalentisco para saludar a mi hijo, que se encontraba en un puesto de la Cruz Roja como socorrista. Vigoroso y atlético como es, salió nadando a mi encuentro y durante el intercambio de muestras de alegría y afecto que habitualmente nos intercambiamos en los saludos, casi hace zozobrar la nave, circunstancia que no había acontecido durante los dos días anteriores de navegación pese a las vicisitudes descritas. Habría sido un remate tragicómico de la experiencia. De haberse consumado el naufragio, las razones que expondría para desposeerlo de su parte alícuota de la herencia habrían proporcionado una divertida materia de estudio a los juristas.

A continuación, pasé sucesivamente por las playas de Calarreona, La Higuerica y… La Carolina, la última de la Región de Murcia. Enfilo la proa hacia las dunas fósiles que se levantan a su espalda y hago la foto oficial de finalización del viaje.

Pero aún me quedaban algunas paladas que dar. Como mi novia me tenía que recoger con el coche, decido seguir hasta la playa de Las Palmeras, dentro del municipio de Pulpí, porque resultaba mucho más cómoda la operación. Esta playa se encuentra a continuación del Paisaje Protegido de Las Cuatro Calas, formado por las playas de Calarreona, La Higuerica, La Carolina y Los Cocedores –esta última ya perteneciente a la provincia de Almería–. Las Cuatro Calas es un topónimo que procede del nombre con que se iba a bautizar una urbanización proyectada en la zona en la década de los sesenta/setenta, en plena era desarrollista de la costa. Paradojas de la vida.

Eran las 14.00 horas y, a falta de doscientos metros, cuando la quilla del kayak ya casi rozaba el fondo arenoso de la playa, me di cuenta de que la culminación del periplo iba a resultar mucho más prosaica de lo que había imaginado. Un barco de paseo costero, con punto de amarre en Águilas, estaba fondeado allí mismo celebrando una despedida de soltero. Sujetos, en apariencia borrachos, se arrojaban al agua dando alaridos desde cualquier parte de la cubierta. Durante el vuelo se contorsionaban al ritmo de la música.

Parecía que estaba condenado a que el chunda chunda que me había acompañado los días anteriores fuera el himno que sonara en la clausura oficial del viaje. Pero de inmediato me rebelé, no debía ser así…; y aún me quedaba un as en la manga. Esbozando una leve sonrisa y entornando los ojos, canté pletórico: «Navegar sin temor/en el mar es lo mejor/y si el cielo está muy azul/el barquito va contento/ por los mares lejanos del Sur». Al acabar, me sentí por fin reconciliado con Miliki.

Comentarios, por favor.

 

Comentarios (6)Add Comment
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escrito por Nautilus, agosto 28, 2015

Muy bueno! Gracias por compartir, Miguel Ángel, y también al autor por acercarnos esta experiencia.
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escrito por Emilio T., agosto 28, 2015
Simplemente extraordinario. Felicidades.
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escrito por supernadie, agosto 28, 2015
gracias por el relato. palear en solitario siempre es placentero, pero si algun dia necesitas compañia, búscanos por la web, somos mas de 7000: www.kayakdemar.org
y a nivel local unos pocos menos: http://dugongoskayak.forosactivos.net
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escrito por Navegante, agosto 28, 2015
Qué ganas de agarrar un remo y buscar estás sensaciones y vivencias. Y muy bien contado. Saludos desde Getaria.
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escrito por eco-turista, agosto 28, 2015
Lo que se ha cargado el mar menor es la agricultura intensiva del campo de Cartagena, no los resort ni los hoteles o apartamentos de la manga... lo mismo esta pasando en la Marina de Cope... ojala se hubiera urbanizado con cabeza y abandonado toda esa agricultura abrasiva sostenida por abonos quimicos e insecticidas... que pena de cope
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escrito por @allorens64 Angel Llorens, agosto 29, 2015
Muy buena, amena y entretenida descripción de este viaje por nuestro litoral. Gracias por darnos a conocer la parte que no conocemos y gracias también por hacernos ver y recordar la parte que particularmente conozco, pues también vivo en Águilas y de paso nos sirve de alerta para recordar lo que pudo ser y afortunadamente no fue y desgraciadamente lo que si que han sido casos de destrozo y agresión a nuestro bello litoral. Gracias Juan y Miguel Ángel.

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